Carreteras a Cobija y a Guayaramerín amenazan la vida silvestre de regiones altamente biodiversas.


Texto y Fotos: Hugo Santa Cruz (RAI)

La presión hacia las áreas protegidas y a los bosques aún prístinos que nos quedan en Bolivia, es más fuerte cada día. La economía y la política extractivista no sostenible en la
Amazonía, busca generar beneficios inmediatos, liderados por la actividad energética enfocada en los hidrocarburos y las hidroeléctricas, seguidos de la minería, la agricultura y ganadería extensiva; con escasa o ninguna consideración por la biodiversidad, ni por un futuro sustentable para las comunidades indígenas y locales.

Reserva de Vida Silvestre Amazónica Manuripi, en el departamento de Pando. Esta es una de las áreas protegidas que se vería afectada por la construcción de las carreteras. Foto: © Hugo Santa Cruz
Reserva de Vida Silvestre Amazónica Manuripi, en el departamento de Pando. Esta es una de las áreas protegidas que se vería afectada por la construcción de las carreteras. Foto: © Hugo Santa Cruz

Los caminos secundarios potenciales a ser carreteras, representan el inicio de una serie de impactos ambientales negativos, donde la fauna y flora del lugar sufren graves perjuicios, afrontando una drástica reducción. Las carreteras dentro de una concepción generalizada, son elementos indispensables para el “desarrollo”, no obstante este pensamiento ignora los
impactos sociales y ambientales que conllevan, como ser:

a) La destrucción de los bosques y hábitats naturales, ya que una vez se habilita una nueva vía carretera el bosque en ambos costados del camino es sustituido por cultivos.

b) la pérdida de biodiversidad por el incremento del tráfico de vida silvestre y la cacería ilegal, toda vez que las nuevas vías facilitan el acceso de cazadores y la extracción de animales y plantas.

c) la propagación de diferentes enfermedades humanas.

d) el desplazamiento de comunidades indígenas y no indígenas, quienes tienen culturas y modos de vida distintos a los de las poblaciones de las grandes urbes.

Paisaje de la Reserva Manuripi en el departamento de Pando. Foto: © Hugo Santa Cruz
Paisaje de la Reserva Manuripi en el departamento de Pando. Foto: Hugo Santa Cruz

El gobierno boliviano pretende construir dos carreteras (Charazani – Cobija y Caranavi – Guayaramerín) que atraviesan tres de las áreas protegidas con mayor riqueza biológica en el mundo: el Parque Nacional y Área Natural de Manejo Integrado (ANMI) Madidi, la Reserva de la Biósfera y Territorio Indígena Originario Campesino Pilón Lajas (ambos en el departamento de La Paz) y la Reserva Nacional de Vida Silvestre Amazónica Manuripi, en el departamento de Pando. Estas reservas tienen un incuestionable valor ecológico, gracias a su situación espacial, dominada por paisajes de los Andes Tropicales y de la Amazonía.

Aurora - Trogon curucui

La Amazonía, en toda Sudamérica, contiene más del 60% de los bosques tropicales del mundo. Con apenas 5% de la superficie terrestre, concentra también una quinta parte del agua dulce del mundo y además es el hogar de aproximadamente el 25% de las especies animales y vegetales conocidas. Su importancia es global, cumpliendo un rol vital para el planeta, como es la estabilización climática, exportando ríos aéreos de vapor, que transportan las lluvias que irrigan el continente. Además, la Amazonía produce una tercera parte de las lluvias que alimentan la Tierra.

Sus bosques también almacenan más de 100 mil millones de toneladas métricas de carbono, siendo esto fundamental para la lucha contra el cambio climático.

Los diferentes ecosistemas amazónicos en Bolivia, representan una sección muy especial de este gran mundo verde. Madidi, Pilón Lajas y Manuripi, se encuentran entre las áreas más importantes de este bioma, gracias a sus sorprendentes características biológicas, en cuanto al número de especies, endemismos y funciones ecológicas.

El Anta (Tapirus terrestres) es el mamífero sudamericano más grande. No es fácil encontrarse con uno en medio de la selva, ya que son animales bastante sensibles a la presencia humana. Foto: © Hugo Santa Cruz
El Anta (Tapirus terrestres) es el mamífero sudamericano más grande. No es fácil encontrarse con uno en medio de la selva, ya que son animales bastante sensibles a la presencia humana. Foto: © Hugo Santa Cruz

Solamente el Parque Nacional Madidi, podría ser el Área Protegida con mayor biodiversidad en el planeta, de acuerdo a estudios recientes desarrollados por el proyecto “Identidad Madidi”, liderados por la World Conservation Society (WCS). Esta área alberga, por ejemplo al 11% de las especies de aves del mundo (más de 1.000 cuantificadas hasta el momento).

El Madidi contiene alrededor del 60% de las especies de plantas de todo Bolivia, 93 de ellas son endémicas y más de dos tercios de los vertebrados con alrededor de 2.000 especies. Estos impactantes números se explican al tratarse de un área con una gran variedad topográfica, climática y altitudinal -de 180 a 6.000 msnmque tiene como resultado una espectacular diversidad de hábitats, entre los que destacan los Andes Tropicales.

Una pareja de Londras (Pteronura brasiliensis) nadando sobre el río. Foto: © Hugo Santa Cruz
Una pareja de Londras (Pteronura brasiliensis) nadando sobre el río. Foto: © Hugo Santa Cruz

Pero la riqueza del lugar no se centra solamente en el valor ambiental. Estos también son territorios indígenas de los pueblos T’simane, Mosetén, Tacana, Leco y Quechua, cuyos miembros tienen alto conocimiento en agricultura tropical, cacería y pesca de subsistencia, música autóctona, medicina natural, manufactura de objetos derivados del bosque y muchas otras cualidades que manifiestan una identidad propia de la zona. Este valor cultural se vería seriamente afectado con el proceso invasivo que conlleva la construcción de las carreteras.

Por otro lado, la Reserva de la Biósfera Pilón Lajas y el Parque Nacional Madidi, son parte del Corredor de Conservación Vilcabamba – Amboró, conformado por 16 áreas protegidas –nueve en Perú y siete en Bolivia–, una iniciativa binacional, liderada por Conservación Internacional (CI). Este corredor internacional es un “Hot Spot” -un punto caliente de biodiversidad-, que se encuentra entre las 25 zonas de prioridad de protección mundial.

Un grupo de Mariposas Papilonias. Foto: © Hugo Santa Cruz
Un grupo de Mariposas Papilonias. Foto: © Hugo Santa Cruz

En la actualidad, gran parte de esta zona se ve muy beneficiada económicamente gracias al ecoturismo. Esta actividad, centrada en el destino Rurrenabaque –que contempla desplazamientos tanto en Madidi, como en Pilón Lajas y además en el Área Protegida Municipal Pampas del Yacuma-, concentra varios emprendimientos turísticos privados y comunitarios a lo largo de los ríos Beni y Tuichi. Algunos de estos emprendimientos son muy reconocidos internacionalmente, por la alta calidad de sus servicios, como por ejemplo “Chalalán,” que está considerado entre los Top 50 Ecolodges en todo el mundo, por la National Geographic Adventure 2009.

Dos culebras (Mastigodryas sp) en el bosque. Foto: © Hugo Santa Cruz
Dos culebras (Mastigodryas sp) en el bosque. Foto: © Hugo Santa Cruz

A pesar de las adversidades que conlleva el desarrollo de la actividad ecoturística en esta región de la Amazonía boliviana, las poblaciones locales, que incluyen indígenas tacanas, quechuas, uchupiamonas y t’simanes y el pueblo de Rurrenabaque, luchan y apuestan por continuar con una política de desarrollo sostenible. El ecoturismo aún representa una alternativa viable para ellos, con un inmenso potencial, que desafortunadamente está siendo descuidado, por otras prioridades económicas gubernamentales.

La Amazonía está en nuestras manos, es tiempo de actuar ahora

Por mi labor profesional –Ecoturismo-, he tenido la suerte de pasar bastante tiempo en la zona, descubriendo y retratando bosques prístinos, ríos indómitos y cientos de especies animales; cada día nuevas, y es que la biodiversidad pareciese ser infinita en las selvas de la Amazonia y de los Andes Tropicales.

Lagarto (Caimán yacaré) en un río. Foto: © Hugo Santa Cruz
Lagarto (Caimán yacaré) en un río. Foto: © Hugo Santa Cruz

Recuerdo en detalle, el momento en que fotografiaba a nueve caimanes negros (Melanosuchus niger), algunos años atrás. Aún eran muy pequeños y dormitaban sobre un tronco que flotaba a orillas de la Laguna Chalalán. Nos deslizábamos suave y lentamente, remando en una canoa de Itauba –madera muy cotizada para la construcción de canoas típicas de la zona– junto a los expertos guías naturalistas uchupiamonas, quienes me mostraban la riqueza biológica del lugar. El caimán negro es una especie vulnerable (Libro Rojo de la Fauna Silvestre de Vertebrados de Bolivia – 2008) en riesgo de desaparecer y no es muy fácil de ser avistado. Poder observar uno es ya de hecho una suerte, pero observar nueve juntos al mismo tiempo, apenas a un par de metros de distancia, es un evento natural
extraordinario, que sólo ciertas áreas en el mundo como el Parque Nacional Madidi pueden ofrecerte.

Mono aullador colorado (Alouatta seniculus) con su cría recién nacida sobre el lomo. Foto: © Hugo Santa Cruz
Mono aullador colorado (Alouatta seniculus) con su cría recién nacida sobre el lomo. Foto: © Hugo Santa Cruz

Apenas unos segundos después de retratar a los reptiles, nos encontramos en frente de una mamá manechi – Mono aullador colorado (Alouatta seniculus)–, alimentándose de las hojas
de un árbol, con su pequeña cría de apenas una o dos semanas de edad, la cual se aferraba a la madre, sosteniéndose de su oreja, con los ojos aún a medio abrir; aprendiendo a mirar y preguntándose quizás qué sería aquello que se posaba frente suyo y su madre haciendo tantos clicks, qué cosas extrañas experimentaría aquél monito al encontrarse frente a frente
y por primera vez con una persona. La madre me observaba y seguía comiendo tranquilamente sin importarle mi presencia, segura de estar a salvo.

Un grupo de Capibaras (Hydrochaeris hydrocheris) observa nuestro paso por el río. Foto: © Hugo Santa Cruz
Un grupo de Capibaras (Hydrochaeris hydrocheris) observa nuestro paso por el río. Foto: © Hugo Santa Cruz

En estos lados de la inmensa Amazonía, el hombre y las especies animales, han aprendido a coexistir con un claro respeto unos con otros, gracias a ello que pude estar tan cerca a caimanes, monos, aves y a muchos otros animales. Esto desvirtuaba mi posición depredadora como ser humano y me ponía en el lugar de otro ser más del bosque, conectado con el contexto ambiental circundante, casi percibiendo la respiración de estos magníficos seres, quienes no intentaban alejarse de mí, quienes, al parecer, se sentían seguros con mi presencia y me permitían ser parte de su clan.

Rana arborícola (Hypsiboas geographicus) Foto: © Hugo Santa Cruz
Rana arborícola (Hypsiboas geographicus) Foto: © Hugo Santa Cruz

La cercanía con las especies silvestres y la convivencia con todo ese mágico mundo; rebosante de vida, genera una interconexión hombre – naturaleza, que sólo podrá entender
aquel que tuvo la oportunidad de vivirlo y sentirlo personalmente, haciendo empatía con todos esos seres vivos que tienen todo el derecho a vivir, así como lo tiene el ser humano.

La carretera Charazani – Cobija, dividiría en dos al Parque Nacional Madidi y a la Reserva Nacional Manuripi, y pasaría por San José de Uchupiamonas, a sólo unos cientos de metros de la laguna Chalalán. Todo el macro-ecosistema se fragmentaría y los pocos animales sobrevivientes tendrían que tratar de alejarse lo más posible de las carreteras. El hombre
dejaría de ser visto como ese ser respetuoso y empático con su entorno y pasaría a ser el depredador más temido como lo es en casi todo el mundo, qué triste sería si ocurriera esto.

Reserva de la Biósfera y Territorio Indígena Originario Campesino Pilón Lajas, es otras de las áreas protegidas que se vería afectada por las carreteras Charazani – Cobija y Caranavi – Guayaramerín. Foto: © Hugo Santa Cruz
Reserva de la Biósfera y Territorio Indígena Originario Campesino Pilón Lajas, es otras de las áreas protegidas que se vería afectada por las carreteras Charazani – Cobija y Caranavi – Guayaramerín. Foto: © Hugo Santa Cruz

La salud de la Amazonia compromete la sobrevivencia de la humanidad misma. Ya se ha perdido o degradado un tercio de los bosques amazónicos, por la apertura de carreteras, por deforestaciones y actividades insostenibles incontrolables, promovidas por políticas públicas y por una alta presión antrópica.

Lo que tardó 400 millones de años en evolucionar, para conformar el lugar más biodiverso del planeta, está siendo destruido en apenas unas décadas, y las actuales generaciones estamos siendo testigos y a la vez cómplices de esta pérdida. La Amazonía está en nuestras manos: ¡Es tiempo de actuar con mayor raciocinio y con voluntad para un bien común!

 


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