Cabañas Umajalanta es un emprendimiento de turismo comunitario que además de revalorizar la cultura de un pueblo, afianza el amor por la naturaleza en un destino donde las montañas asemejan a olas petrificadas. El entorno del lecho de las cascadas es un verdadero paraíso escondido  y cavernas profundas se abren a la curiosidad del visitante. Aquí, las pisadas de  dinosaurios no son fantasía, sino forman parte de la historia visible al paso de quienes llegan a este rincón de Potosí en Bolivia.


Por Doly Leytón Arnez / Fotos: Andrés Claros Roncal

Este es un destino turístico privilegiado por la variedad de atractivos naturales que posee. Indudablemente, sus profundos cañones y las huellas de dinosaurios son los que generan mayor curiosidad. Sin embargo, Torotoro tiene mucho más que ofrecer… Y es lo que el proyecto de turismo biocultural demuestra con la iniciativa de las “Cabañas Umajalanta”.

Al llegar al hospedaje, distante a 15 minutos en automóvil desde la plaza principal del pueblo, Timoteo Siacari, un hombre joven, oriundo de la comunidad de Huayra Q’asa, nos da la bienvenida con un abrazo y una sonrisa tan natural que hasta parece que el encuentro es con un familiar o un buen amigo.

Son las dos de la tarde, es viernes y el clima en este valle es agradable. Después de recorrer 145 kilómetros, cuatro horas y media de viaje desde Cochabamba, –mientras continua el recibimiento al grupo– con un breve escaneo visual aprecio los detalles del que será nuestro hogar por los próximos tres días: las cabañas no rompen la armonía del paisaje, sus fachadas están recubiertas con piedra y tienen amplios ventanales que garantizan una vista fantástica del paisaje: a la derecha una cadena de montañas onduladas y a la izquierda el cañón del Garrapatal.

Pero además de la cautivadora arquitectura rústica, su ubicación privilegiada y la comodidad, el mayor valor de este  sitio es que ha sido construido personalmente por la gente de la comunidad Huayra Q’asa; una de las pioneras en la actividad de turismo en Torotoro. Estas familias administran el negocio de alquiler de cascos para que los turistas ingresen con seguridad a las cavernas del área protegida Parque Nacional Torotoro y ahora  pretenden consolidar  las “Cabañas Umajalanta”, con un servicio completo a su cargo, que incluye el transporte ida y vuelta desde la ciudad de Cochabamba, hospedaje, alimentación y guía a los sitios turísticos. Garantizar la calidad y calidez es la premisa básica de los anfitriones.

No se usaron ladrillos industriales para levantar los muros  de este hospedaje sino adobes, que son bloques  formados con barro y paja; material que se utiliza tradicionalmente para edificar las casas campesinas.

¿Cómo no sentirse privilegiado al estar aquí? Madera, piedra, paja, barro y una medida incalculable de esperanza y fe se fusionaron en la construcción de este sitio. Los lugareños cuentan orgullosos que la materialización del proyecto desarrollado por arquitectos e ingenieros estuvo a cargo de manos locales, las suyas.

Antes de la ejecución de este proyecto, financiado por la Cooperación Suiza en Bolivia, mediante el Programa Nacional Biocultura y ejecutado por Tupiza Tours, los más jóvenes aspiraban a tener casas de ladrillo como las que se alzan en el pueblo –las que están remplazando a las antiguas construcciones– pero al ver el resultado de las Cabañas Umajalanta, ahora aprecian más los materiales que por años han utilizados sus padres y abuelos.  Y sobre todo, valoran el modo de vida y cultura que se está rescatando para compartir con los visitantes.

Este hospedaje tiene una capacidad  para 20 personas distribuidas en tres cabañas que cuentan con habitaciones familiares, matrimonial y para grupos; todas con baño privado y agua caliente disponible. Las camas son cómodas y el ambiente por las noches es bastante cálido por el material con el que están construidas.

Durante este viaje nuestra expectativa es rebasada. La música local entonada con charangos y zampoñas es parte del deleite; la comida elaborada con productos orgánicos, fruto de la tierra en nuestro entorno, es más que exquisita. Además, ser atendidos como amigos –visitantes apreciados– y no como simples clientes, marca nuestra experiencia.

Definitivamente, no se trata de un tour común sino de una oportunidad para conocer y vivir momentos únicos con gente dispuesta a compartir la cultura de un pueblo noble y el aprecio por el fantástico entorno natural. Todo con un solo fin: conservar y mejorar el modo y calidad de vida de al menos 60 familias gracias a la actividad turística sostenible de esta comunidad.


  1. Programas 2 días 1 noche (clic aquí)
  2. Programas 3 días 2 noches (clic aquí)
  3. Programa 4 días 3 noches (clic aquí)

Punto de partida para la ventura

Profundas cavernas…

A media tarde del viernes inicia la aventura. Nuestro hospedaje es el más cercano y el punto de partida ideal para visitar todos los atractivos de Torotoro. En cinco minutos, con la compañía del guía local José Pérez, llegamos en una camioneta hasta la zona de las Cavernas de Umajalanta.

Es junio y el viento fresco de invierno se hace sentir con poca intensidad. Es difícil no percibir la emoción de los viajeros, desde el momento en que la mujer de marcados rasgos andinos, que viste pollera y sonríe amablemente, entrega los cascos de alquiler para la seguridad de los visitantes. Altos, bajos, flacos, gordos, morenos, rubios, jóvenes, viejos y con acentos variados: así son las miles de personas que ingresan a este sitio cada año. Gente de todo el mundo ha llegado a explorar los atractivos del Parque Nacional Torotoro, ya sea en grupos de turistas o como parte de prestigiosas delegaciones científicas.

Hoy ingresamos con mucha curiosidad. José nos explica que es importante que tengamos cuidado al pisar las rocas, para no resbalar; que cuidemos de no golpear la cabeza o espalda al cruzar algunos espacios estrechos; y por sobre todo que no toquemos las gotas de las puntas de las estalagmitas y estalactitas para no perjudicar su formación que lleva millones de años. “Ahora están protegidas porque es un Parque Nacional, hace años han sacado mucho”, comenta al mostrar los rastros que ha dejado el saqueo de las piezas a lo largo de los años.

Esas formaciones que penden de lo alto sobre nuestras cabezas o que se alzan desde el piso son el atractivo durante este recorrido por el vientre de la tierra. A medida que descendemos, con diferentes grados de dificultad,  el guía identifica y nos muestra una especie de estatuas naturales que fueron bautizadas acorde a su apariencia como la virgen y el niño, árbol de navidad, copa de champán, sala de conciertos y el sauce llorón.

El sonido de las gotas  de agua que filtra desde la superficie se magnifica en las bóvedas a medida que nos alejamos de la boca de la caverna; las risas y bromas de la gente cesan hasta llegar –por instantes– al silencio absoluto. Durante una hora y media hemos caminado sobre piedras, nos deslizamos por un “resbalín” natural, descendimos a rappel y hasta nos arrastramos pecho a tierra por túneles angostos acolchados en la base con arena suave.

A 156 metros bajo tierra, antes de iniciar el retorno cuesta arriba, se escucha con más fuerza el sonido del agua del río subterráneo que alimenta la laguna que alberga a los peces ciegos. Allí, en plena oscuridad, los visitantes apuntan hacia el agua con la linterna que llevan en sus cascos para saciar su curiosidad y admirar la vida bajo tierra del famoso “pez ciego”. Pasan los minutos… nuevamente el silencio se apodera del ambiente antes de que las pisadas, risas y luces se alejen de las entrañas de la caverna más profunda de Bolivia.

Una ciudad de piedra

Son las 6 de la mañana del sábado. La primera noche que pasamos en las Cabañas Umajalanta fue reparadora. Después del intenso recorrido por las cavernas, al finalizar la tarde anterior, tuvimos una buena comida, un relajante baño con agua caliente y una cama cómoda para dormir.  Hoy, después del desayuno buffet, que incluye café, api, pan, buñuelos, fruta del lugar, yogurt y otras opciones, visitaremos la famosa Ciudad de Itas, conocida también como ciudad de piedra.

Jesús Yapura (32) es el guía  a cargo. Como la mayoría aquí, tiene la piel morena, ojos oscuros y una sonrisa encantadora. Es hijo de campesinos y es de los pocos que no ha migrado a la ciudad en busca de mejores oportunidades. Se inició como guía a sus 16 años, junto a viajeros que pedían su compañía a cambio de chocolates u otras golosinas. Con el paso del tiempo y siendo parte de los proyectos de turismo de su comunidad –al igual que otros de sus colegas– él encontró en la actividad turística un medio de vida que disfruta y con el que mantiene a su familia.

Su compromiso se nota cuando habla con los visitantes ya que más allá de identificar los atractivos del sitio, apuntar y repetir una y otra vez un discurso aprendido, mientras recorre la gran Ciudad de Itas, él conversa, él sonríe, responde a las dudas y comparte los conocimientos y creencias que aprendió desde niño. “Esta es la muña, se usa para los dolores de estómago”, comenta al mostrar una ramita con pequeñas hojas de color verde intenso que arranca de un pequeño matorral.

Además de sus conocimientos de las bondades de las plantas nativas que encontramos a nuestro paso, Jesús explica con detalle cada una de las pinturas rupestres que nos muestra durante el paseo y hace hincapié en la importancia de la conservación de la naturaleza con la que no solo él está comprometido sino todos los pobladores de Huayra Q’asa.

Como buen anfitrión deja lo mejor para el final. El plato fuerte, en este recorrido en especial, es la visita a la “catedral”, una cueva que hace honor a su nombre por la forma y acústica. Allí nos pide sentarnos en un ruedo, cerrar los ojos y disfrutar el momento… Entre soplido y soplido Jesús Yapura se entrega a la música y en medio de imponentes columnas de piedra, con una luz tenue que ingresa de lo alto de la cueva, el dulce sonido de su zampoña nos regala una experiencia sensorial inexplicable.

Sabores únicos…

Al dejar la ciudad de piedra, tras un recorrido de dos horas, el apetito es implacable –al menos el mío–. Retornamos a las cabañas y observamos una mesa dispuesta afuera del restaurante con un pequeño florero en medio. El menú cuenta con recetas de comida fusión pero sus platos fuertes son los tradicionales.

Mientras esperamos al grupo, espío en la cocina que no es restringida como en cualquier otro hospedaje. Allí, Norma Villagomez, una joven mujer, está sentada de cuclillas frente a un fogón. Revuelve una y otra vez con una gran cuchara de madera una espesa preparación, que según dice ya está lista para ser servida. De retorno en la mesa, los comensales  reciben un plato con  “jarwi huchu”, la especialidad de la casa. Definitivamente es un preparado que sólo se disfruta en este rinconcito del mundo. Su sabor es intenso y aunque intento adivinar sus ingredientes es imposible. Este preparado hecho a base de harina de trigo lleva 15 elementos, entre ellos carne de res, de pollo y cordero.

En este lugar es inevitable dejarse cautivar. Recuperaron recetas antiguas que se sirven tal cual lo hacen los lugareños en fechas especiales pero también se recurre a la cocina fusión para total deleite de los visitantes.

Huellas, cañones y cascadas

Si quieres conocer la mayor cantidad de atractivos de Torotoro es recomendable optar por el tour de tres días.

Además de compartir con la comunidad, conocer las cavernas, cuevas, ciudad de piedra, seguro disfrutarás el sendero que te muestra el paso de los dinosaurios por este sitio, además de los impresionantes cañones y maravillosas cascadas.

Es domingo, nuestro último día con actividades en la agenda. La noche anterior disfrutamos de una muestra cultural a cargo de estudiantes de Turismo y una maravillosa velada al calor de una fogata.

Será un día diferente. La primera parada es en las faldas del cerro Wayllas donde se encuentran la mayor cantidad de huellas de dinosaurios, o al menos las más representativas en este destino. Con la ayuda de una guía impresa, el guía Víctor Alcamamani nos muestra desde pisadas de grandes bestias hasta pequeñas huellas petrificadas.

Media hora más tarde, tras cruzar un lugar llamado Hacienda Loma, habla acerca de las eras geológicas, especies de saurios y explica acerca de los estratos o capas de roca marina que se puede observar en el sitio conocido como “el teatro”; como todo en este lugar un perfecto escenario formado por la naturaleza con rocas.

La parada más esperada es el mirador del cañón de Torotoro. Desde ese punto cualquiera se siente insignificante. Parece que la tierra se hubiera abierto y dejó expuestas sus venas; el río en lo profundo del cañón y las aves revoloteando en el cielo completan un escenario natural fantástico.

Desde este punto caminamos unos 10 minutos para descansar y comer  en La Pascana “El Vergel”, una pequeña cabaña administrada también por gente lugareña. En este punto puedes proveerte de agua o refrescos para continuar un descenso durante 40 minutos por gradas de piedra que llevan al corazón del cañón donde se encuentran varias caídas de agua, entre ellas “El Vergel” y  Chiflón Q’aqa, donde se practica rappel: se desciende unos 20 metros hasta el pie de la cascada. Previo al retorno aprovechamos el tiempo para nadar en las refrescantes pozas naturales.


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Este proyecto de turismo comunitario es financiado por la Cooperación Suiza en Bolivia, mediante el programa Nacional Biocultura y ejecutado por Tupiza Tours S.R.L.

“Vivir esta experiencia desde una mirada biocultural, es la diferencia, ya que nuestros guías, denominados bioculturales toman en cuenta no solo el cuidado, respeto al medio natural, sino también la  re-valorización Cultural, Social y Espiritual, buscando generar la conciencia de que estos patrimonios son bienes comunes de la humanidad, permitiendo, de esta forma, disfrutar de intercambios de diálogos y experiencias armoniosas, auténticas e igualitarias”, menciona Mariana Sánchez Mitru, de Tupiza Tour.


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