En Santiago de Huata se consolida un proyecto de turismo comunitario y biocultural que te permite conocer el lado más placentero del Titicaca con un programa de actividades en el que la naturaleza y cultura de este pueblo logran una fusión perfecta.


Por Doly Leytón Arnez / Fotos: Andrés Claros Roncal

Un día soleado entusiasma mucho más de lo común en Santiago de Huata porque esos rayos intensos anticipan que la jornada será perfecta para navegar. “Déjate llevar por el viento”, es la frase con la que la empresa de turismo comunitario Titicact Tours anticipa la experiencia que tendrán los visitantes a bordo de los catamaranes Titicact I y II.

Son las 10 de la mañana y en la orilla del inmenso lago se siente una brisa fresca. En la comunidad de Chuquiñapi –a 15 kilómetros de Santiago de Huata, en el departamento de La Paz– caminamos por un estrecho muelle flanqueado por totoras, plantas acuáticas que sirven para construir chozas y embarcaciones. El sonido de las hojas que se rozan entre sí y el golpeteo del agua se escucha mientras que una voz femenina nos da la bienvenida a la embarcación.

Hortensia Macías Apaza (25), con rostro alargado, moreno, y de voz tenue, es la capitana del Titicact I. Tras dar la bienvenida y dotar de chalecos de seguridad al grupo, la joven mujer, que lleva una gorra, gafas oscuras y la piel blanqueada con protector solar, toma el mando de la embarcación y se ubica al frente. En tanto que Carlos Mamani (25), que también es capitán de otro catamarán, manipula un pequeño motor que nos ayuda a zarpar.

Tras alejarnos lo suficiente de la orilla, Carlos apaga el motor y junto a su compañera de tripulación inician uno de los momentos más emocionantes para los aventureros a bordo: alzar la vela.  Con manos firmes, la capitana tira y suelta una cuerda varias veces. “Este es el foque”, explica mientras que Carlos  mueve con precisión la vela mayor. Poco a poco el gran retazo de tela blanca se eleva y queda a expensas del viento que impulsará la embarcación durante este recorrido.

Mientras realizan esta actividad, rutinaria en su trabajo, todo el grupo sigue paso a paso los movimientos del dúo hasta que finalmente la imponente vela es parte del hermoso paisaje que nos rodea: un manto de agua azul intenso, islas y cerros que se alzan a lo lejos, pescadores en la faena diaria y aves que revolotean como jugando con el viento.

Navegar en un catamarán es tranquilo porque es un navío que tiene una estructura que brinda mayor estabilidad, motivo por el que la posibilidad de sentir mareos o malestares es mínima.  Además, porque la propulsión no es a motor; se puede disfrutar del ambiente sin el ensordecedor sonido que generan los motores.

Así, disfrutar de una grata conversación es posible. A diferencia del paseo en cualquier otro catamarán en Bolivia, la experiencia del Titicact I y Titicact II se complementa con la historia que se teje en torno a su construcción. Estos barcos fueron montados en su totalidad en Santiago de Huata por jóvenes comunarios guiados por dos ingenieros extranjeros.

El Titicact I y Titicact II no son simples embarcaciones, son la esperanza para el desarrollo del turismo comunitario en este destino que se consolidad gracias al apoyo de la fundación Manos Abiertas, liderada por el párroco Leonardo Giannelli.

Prueba de ello es que los jóvenes capitanes Carlos Mamani y su colega y esposa Ortensia Macías no han migrado a la ciudad o a países vecinos en busca de trabajo como los cientos de jóvenes que salen de las comunidades de Santiago de Huata y dejan atrás a sus familias.

Después de un par de horas de navegación retornamos a la Casa Relax Chuquiñapi, hotel ubicado a orillas del Titicaca, que forma parte también del proyecto turístico. A este hospedaje –que por el momento es el único en Santiago de Huata– llegan grupos de delegaciones religiosas que eligen el lugar para retiros espirituales; no es para menos: paz y tranquilidad son las condiciones que caracterizan a este sitio.

Además, es una opción para los turistas que desean disfrutar del lado más grato y relajante del lago Titicaca. La operadora Titicact Tours oferta paquetes de dos y tres días o acorde al requerimiento de los clientes, incluyendo además del hospedaje y alimentación, el paseo en catamarán y un circuito para conocer los principales atractivos de Santiago de Huata. Quienes deseen pueden programar el inicio del tour en la Isla del Sol, desde donde se navega en los catamaranes hasta Chuquiñapi.

Cultura, relax y buenos sabores


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Nuestra estadía en Casa Relax Chuquiñapi fue excelente. El ingreso está adornado con jardineras que tienen flores de colores. Tras abrir el pórtico de madera, el administrador del lugar, Víctor Apaza Condori, recibe con amabilidad a los visitantes que uno a uno ingresan por un corredor de paredes blancas. Este sitio tiene la arquitectura de una casona colonial con dos patios; en el corazón del primero se alza una fuente de piedra rodeada por flores del jardín. El patio del fondo está tapizado con césped y dos frondosos árboles brindan una refrescante sombra. En este sitio se disponen las mesas para almorzar, cenar o tomar el té cuando hay buen clima. En torno a ambos espacios están ubicadas las habitaciones que son muy cómodas, cuentan con baño privado y dotación de agua caliente.

Al fondo hay un salón de eventos. Durante nuestra estadía participamos también de una noche cultural amenizada por un grupo de músicos locales que al son de la flauta, quena y tambores hicieron bailar a los visitantes. A la intemperie, al calor de una fogata, los comunarios comparten su cultura en cada tonada. Este número se complementa con la presencia de incansables bailarinas ataviadas con trajes autóctonos.

El tour continúa al día siguiente. Después del desayuno salimos rumbo a Chigani Alto, para conocer las estelas de la cultura Chiripa. Se trata de monumentos de piedra tallados que han sido descubiertos hace varios años y que están guardados en la escuela del lugar. El profesor Daniel Condori Callizaya es el encargado de mostrar una a una las piezas dispuestas en una hilera frente a un par de construcciones viejas. Luego, Condori dirige al grupo hacia una pequeña habitación donde tienen guardadas varias piezas antiguas. Aunque aún no existe un museo local, se espera que este anhelo se consolide pronto para el aprovechamiento turístico en la zona.

Otra parada importante en este viaje es el astillero donde se construyen los catamaranes. Allí, un grupo de lugareños trabaja  con total destreza construyendo el Titicact III.

Tras el recorrido por este lugar, es hora de disfrutar de un almuerzo especial en el restaurante del hospedaje en Chuquiñapi. Allí, Romer Pary –también lugareño– es el chef que ofrece una variedad de platillos elaborados, en especial, con productos locales.

A media tarde de nuestro último día en Santiago de Huata, nos dirigimos hacia la Isla Sunata, en la comunidad de Tajocachi. Para llegar hasta ese lugar no necesitamos embarcación, lo hicimos a pie. Al ver de frente desde la orilla del lago, da la sensación de que el agua se separó formando un sendero de tierra para dar paso a los visitantes. Aunque hay temporadas en las que es necesario sumergir al menos medio cuerpo para llegar hasta el sitio.

Al llegar, subimos hacia un punto donde nos espera un yatiri, una persona muy respetada en el mundo aymara por sus conocimientos ancestrales, para compartir un ritual de agradecimiento a la Pachamama (Madre Tierra). Luego,  el guía nos acompaña a recorrer un sendero de 800 metros por el filo superior de la isla. Pareciera que estamos caminando sobre el lomo de un gran dinosaurio. Según el guía,  los comunarios hacen una analogía de este sendero con el matrimonio: “Tiene sus dificultades pero alrededor hay un hermoso paisaje”, dice. Y evidentemente, cuando ganas confianza para caminar por lo alto en este estrecho camino, empiezas a disfrutar de un magnifico paisaje y relajante momento. Dependiendo de la hora, el paisaje cambia de matices y el agua puede estar tranquila e inmutable o golpeando contra las rocas del imponente Sunata.


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