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Una de las imágenes de la plaza registradas por el fotógrafo aiquileño Marvin Rodríguez tras el desastre.

 “Era como si un avión grande pasara lento sobre nuestras cabezas”.


“La Virgen le hizo soñar a mi abuelita, le dijo lo que iba a pasar, pero nadie le creyó”.


“Un día antes las aves se fueron y esa noche los gallos empezaron a cantar. Los perros au-auuu au-auuu, lloraban y corrían desesperados”.


“No fue uno, fueron dos. El segundo fue largo, parecía interminable”.


“Se puso frío, más que otros días, no había cómo calentarse”.


“Todo se quedó oscuro, lleno de polvo. Cuando logré salir de mi casa después del segundo sacudón, no se veía nada, solo se oía gritos y lamentos”.


Por Rocío Lloret Céspedes / Fotos  Marvin Rodríguez (Las imágenes de este reportaje son de propiedad del autor, prohibido su uso sin autorización previa)

1

 

 

A las 00.15 del viernes 22 de mayo de 1998, Risela Cardozo Arnez sintió un fuerte temblor que hizo mover su cama. Fue rápido. Como si un duende se hubiese metido debajo del catre matrimonial para hacer una travesura. En ese momento, ante la ausencia de su esposo que había salido de viaje, su hijo menor de 10 años, Christian, estaba a su lado. —Ahí está, eso nomás debe ser—, dijo el niño aliviado.

Tanto él como su mamá esperaban un terremoto de magnitud, igual o mayor que los otros que hubo en décadas pasadas en Aiquile, al sudeste de Cochabamba en Bolivia. Días antes, su hermana Ximena había escuchado la noticia en el colegio, de boca de un compañero de curso que, a su vez, lo supo por una emisora radial. Por ello, al sentir la sacudida creyeron que el peligro había pasado.

Un día estuvimos almorzando en la cocina, con mi esposo y mi cuñada Rosa, cuando la Ximena llegó asustada. “Mami, mami, va a haber terremoto dice, hay que bajar todo lo que se pueda romper, las vajillas, los cuadros de vidrio, los espejos”, nos dijo. Ese rato mi esposo recordó que la primera vez que sintió un temblor tenía 10 años e hizo la cuenta que, de ser cierto, esta sería la tercera vez que sentiría uno. Mi cuñada Rosa, su hermana, se puso a llorar. “No quiero ya Risela esas cosas, es grave. Yo ya lo he vivido cuando era wawa como el Hernando. Soy capaz de matarme para no ver ese sacudón, quiero matarme porque es grave, Risela”, me dijo.

Aquel 22 de mayo, ni Risela ni Christian, ni Ximena, que estaba en otro cuarto, salieron de la casa después del primer movimiento, que —calculan— duró menos de cinco segundos. No sospechaban que casi media hora después, entre las 00.40 y las 00.45, la tierra empezaría a rugir como una bestia ansiosa por liberarse del encierro.

El fotógrafo aiquileño Marvin Rodríguez registró dramáticas imágenes del desastre.

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Risela mira fijamente la avenida por la que esa madrugada de 1998, al sentir el primer temblor, una jauría de perros sin dueño escapó cuesta arriba, aullando con desesperación.

Delgada, de tez clara y una larga cabellera negra, está sentada en un largo sillón, frente a la puerta de ingreso de su casa que da al zaguán. La pequeña reja de madera está abierta, porque aquí también funciona su estudio fotográfico, el primero que hubo en Aiquile. En las paredes del living, pintadas de color claro, cuelgan fotos de gran tamaño: sus cinco hijos, matrimonios y postales del pueblo antes del terremoto.

Risela aún recuerda con dolor el desastre que sacudió a su pueblo. Foto: Rocío Lloret

En dirección diagonal a su vivienda, en la avenida Hans Grether, está el mercado central: una estructura de dos pisos, donde los productores de las comunidades campesinas llegan a ofrecer su cosecha y en cuya parte superior se encuentra comidas y bebidas calientes.

Es sábado 3 de febrero de 2018, un día después de la fiesta de la Virgen de la Candelaria, patrona del pueblo. El movimiento de gente es intenso y, aunque no ha dejado de llover esta tarde, de lejos se escucha el sonido de los petardos que revientan en las fiestas de los devotos.

No sé, he perdido la memoria. En el segundo sacudón no sabía dónde estaba, solo veía que el ropero caminaba y las ventanas vibraban. Largo era, no paraba. Como he podido he salido a la calle. “¡Uaaay! ¡Uaaay!”, gritaban. Afuera era humo, llenito de tierra. Mi hija Ximena, que tenía 14 años, quiso bajar a ver cómo había quedado mi cine, en la calle Bolívar. Volvió llorando. “Mami, no hay paso, todo está llenito de escombros, oscuro está”, me dijo. Qué hago ahora, decía yo. Mi esposo justo se había ido a Cochabamba y estaba sola con mis dos hijitos menores. Hacía frío, más que otros días, y ahí afuerita, frente a mi casa, nos hemos ido. Mi hija volvió para sacar unas frazadas y ahí nos hemos quedado. Mi casa más bien no se cayó, solo hubo unas rajaduras en el techo, pero yo tenía miedo volver, sentía como si hubiera un muerto adentro. Al amanecer Hernando ya estaba aquí. “Qué será de mi esposa, de mis hijos”, había pensado y se vino como pudo. Yo no podía parar de llorar. “Pero ya estoy aquí Risela, de qué lloras”, me decía.

***

Hernando Araníbar Florido y Risela Cardozo se casaron en 1966. Por entonces, Aiquile era un pueblito conservador, de clima templado y casas de estilo colonial, construidas con adobes macizos, techos con tejas, inmensas puertas de madera tallada, y rejas de estilo toledano en las ventanas.

Hernando ya era fotógrafo, el primero en ejercer el oficio. Rápidamente su joven esposa aprendió de él y, en poco tiempo, ambos se convirtieron en los retratistas de casi todos los acontecimientos sociales de la época. Gracias a ello pudieron criar a sus cinco hijos y construir una casa de dos pisos con cimientos gruesos y madera cruceña.

Eso y el hecho de que la vivienda estuviera alejada del centro de la ya ciudad, hicieron que el día del terremoto, salvo algunas rajaduras, la estructura no sufriera daños considerables. A pocas cuadras cuesta abajo todo quedó devastado. Con el primer movimiento cayeron las primeras casas; con el segundo, “no quedó piedra sobre piedra”, como dice una cita bíblica del Nuevo Testamento.

Una de las fotos antiguas de Aiquile que Risela atesora en su casa.

Al principio hacíamos solo fotografía, pero luego empezamos a filmar las fiestas. Por eso cuando el Hernando llegó, al amanecer de ese viernes, entró y sacó su cámara para recorrer la ciudad. Primero fuimos al cine que teníamos en la calle Bolívar, el único que había ese entonces. Estaba doblado a un costado, como una canasta chueca. Ese rato hemos sacado lo que hemos podido, pero la gente que llegó de otros lados ya se había llevado varias cosas. Lo que pudimos lo llevamos a mi casa. Cuando volvimos a filmar, vimos la tienda de don Nabor Herbas, que vendía radios, televisores, máquinas de costurar. Se había caído y alguna gente que vino del campo se entró a robar. Era una cosa fatal, impresionante.

Avanzamos más allá y en la plaza principal el Gonzalo Camacho arañaba la tierra. “¡Qué hago! ¡Mi mamá, mi mamá está ahí adentro! Se ha caído la torre de la iglesia (sobre su casa) y lo ha aplastado el techo”, decía. Pero nadie quería entrar, porque la tierra (se) seguía sacudiendo. Había calles tapadas con sogas, la gente iba de un lado a otro. A la Consuelo Callaú, que estaba embarazada, he visto cómo la han sacado. El tractor del Marco Arnez Flores, que era su tío, ha venido a retirar los escombros de encima. Estaba muerta, con su barriguita. Ahí al lado estaba el gringuito, “agua, agua”,  apenas se escuchaba. La gente arañaba la tierra. De uno en uno botaban los adobes. No sabían cómo sacarlo, con pala, con picota, con azadones, con lo que han podido lo han sacado agonizando y le han dado agua. A doña Lía de Vargas y a su nietita también las han sacado muertas mientras su hija chillaba. “¡Mi mamá, mi hijita, qué es pues esto Dios mío!”, gritaba. El tractor seguía destapando. En otras calles ya los cadáveres, en las aceras, envueltitos con sábanas, en filita habían puesto. Donde más han muerto ha sido entre la Bolívar y la Baptista. En esa esquina ha muerto una familia. Al lado, donde las Acuñas, también han perdido a dos. “No anden encima de los escombros decían ahí abajo hay gente, a veces los adobes caen cruzados y todavía pueden estar vivos”.

Pobladores observan cómo quedó la iglesia de Aiquile en 1998. Foro: Marvin Rodríguez
Así lucía la iglesia antes de la tragedia. Foto: Marvin Rodríguez

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Risela repasa cada escena como si estuviera viendo el video de nuevo, aunque no ha vuelto a hacerlo desde hace muchos años, para no llorar. Tiene las manos delgadas, cruzadas sobre su regazo y no deja de mirar la calle. El casete en formato VHS, que contiene material inédito de aquellas jornadas, está guardado en una cajita a la que únicamente ella tiene acceso. Un sobrino político le prometió que lo pasaría a un disco compacto y le entregaría dos copias, además del original, para que no se pierda el documento.

Pero, además, Risela tiene el mayor archivo fotográfico de la historia de Aiquile. En los negativos, que guarda con recelo, se puede observar la primera iglesia, con una sola torre. A la izquierda de la fachada se ve una casa de dos pisos, con tejas coloniales y balcones de madera que dan hacia la calle. En otra postal, ya de la época republicana, cuando el templo pasó a ser catedral se ve la torre de la derecha, construida dentro del patio de una casa. Cuentan los vecinos que la dueña pidió que así se hiciera, sin imaginar que aquella madrugada del 98, la pesada estructura caería sobre el techo de su inmueble, causándole la muerte.

También hay fotos de cómo quedaron las calles tras el suceso. Montañas de tierra y escombros, gente viviendo en carpas, paredes y ventanas sueltas en pie, autos aplastados. Ahora todo ello solo forma parte de los recuerdos de esta mujer de 68 años, esos a los que vuelve de tanto en tanto, en su soledad.

Su esposo Hernando, nacido en 1932, murió dos años después del terremoto. Su hijo mayor, Rímer, se fue a estudiar a Estados Unidos muy joven. Roger y Henry, los que le siguen, aprovecharon un ofrecimiento para los aiquileños que querían irse al país del norte después de la tragedia; luego partió Ximena y, finalmente, Christian, quien emigró a Cochabamba.

Foto: Marvin Rodriguez

Yo no quise irme después del terremoto; mis hijos, sí. Quedé muy mal. Lloraba, lloraba y mi esposo me decía, “¿de qué lloras?”, pero yo no podía contenerme. “Es que tú no has pasado lo que yo sufrí”, le decía. Recién tres semanas después de vivir en carpas nosotros pudimos volver a la casa como ladrones, por el garaje. Así sucios, llenos de tierra, estuvimos un mes. Todas las cañerías estaban reventadas, los postes (de luz) en el suelo. El presidente (Hugo Banzer Suárez) vino al día siguiente, yo estaba en camisón. “No se preocupen, la ayuda va a llegar”, dijo, pero no fue así. Una mujer se arrodilló delante de él, con las manos alzadas. “¡Qué es esto, Señor! ¡Ayúdenos!”, le gritó. Personalmente vino gente de Cochabamba y ellos nos entregaban agüita, galletitas. Sentados, nosotros estábamos días sin comer, igual no teníamos hambre ni sed, llorábamos nomás mirando nuestras casitas. Era invierno, hacía frío.


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2.

Setenta y cinco personas murieron aquel 22 de mayo de 1998, en el mayor terremoto registrado en la historia de Bolivia. Otras 74 resultaron con heridas de gravedad y más de un centenar, con golpes de diversa consideración, según cifras oficiales.

La fuerza del movimiento telúrico fue tal que se sintió en todo el eje central del país, pero afectó principalmente a tres provincias cochabambinas: Campero (Aiquile), donde hubo la mayor cantidad de víctimas; Carrasco (Totora), donde cayeron varias casas coloniales, y Mizque (Mizque), que también sufrió daños considerables en sus estructuras.

En el informe ‘Crónicas de desastres, terremoto de Aiquile’, que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) publicó en Ecuador, en junio de 2000; se estableció que la mayoría de los fallecidos y lesionados dormían en el momento de los seísmos. Hubo quienes, como doña Rebeca Callaú, ni siquiera se dieron cuenta de lo sucedido y, por fortuna, en ese momento salvaron sus vidas, porque sus casas no eran de adobe. Otros, los más, no corrieron con tanta suerte.

Efectos del terremoto de Totora y Aiquile (Bolivia) en mayo de 1998. (OPS/OMS)

El observatorio de San Calixto (OSC) de La Paz determinó que el primer temblor fue a las 00.15 y tuvo una intensidad de 5,5 grados en la escala de Richter. El segundo, que algunos testigos calculan duró casi medio minuto, fue de 6,8 grados, a 35 kilómetros de profundidad de la tierra. El punto donde se originó estaba a 50 kilómetros al noreste de Aiquile, una pequeña ciudad situada a 220 kilómetros de la capital cochabambina.

Yo llegué al epicentro al día siguiente del terremoto y todavía humeaba. Era un lugar que estaba en el camino entre Aiquile y Totora, llamado Chujllas. En el rincón había un cerro, la Pajcha, cerca de un río seco, que ese día tenía agua termal.

Luis Fernando Suárez Guzmán recuerda con exactitud el lugar del epicentro, porque él y su compañero de trabajo, Grover Arzabe, fueron de los pocos periodistas que se animaron a recorrer toda esa zona para captar imágenes.

Por entonces, hace 20 años, ambos trabajaban en el canal universitario de Cochabamba e hicieron un viaje de más de seis horas en un vehículo de doble tracción, para llegar hasta Aiquile. El camino era inestable ya que solo se podía ingresar por Mizque, el municipio aledaño; el otro, por la carretera antigua a Santa Cruz, había sufrido daños.

Gran parte de lo que filmaron durante varios días está en un documental que fue reeditado en 2016 con imágenes inéditas y un trabajo más profundo que el que presentaron aquel entonces.

Cuando llegamos no había luz, era de noche, así que tuvimos que filmar alumbrando con los focos de la movilidad. Todo estaba devastado. Como ya era tarde, decidimos dormir dentro del carro, en nuestros sleepings. “Cómo estarán ahí afuera si nosotros que estamos aquí, abrigados, nos estamos congelando”, pensábamos. Al día siguiente, a las seis de la mañana ya estábamos de pie. A eso de las nueve y media, más o menos, sentimos la primera réplica fuerte. Era como una ola que pasó por la avenida Bolívar, yo vi cuando la tierra se levantó. Después fuimos al hospital Bertol y hubo otro movimiento, esta vez en forma de serpiente.

El Observatorio reportó más de 2.600 réplicas en los dos meses posteriores al terremoto. Con los movimientos más fuertes, el entonces ministerio de Vivienda y Servicios Básicos determinó que había que reconstruir o reparar el 95 % de las viviendas de Aiquile; el 90 % en Totora, y el 29 %, en Mizque.

Los pobladores que perdieron sus casas se cobijaron bajo carpas. Foto: Marvin Rodríguez

Mientras tanto, los aiquileños fueron instalados en campamentos que se habilitaron en terrenos baldíos y parques. El informe de la OPS da cuenta de que los primeros días se temió que cundan enfermedades respiratorias e intestinales, por la falta de agua y letrinas. El servicio de luz se restableció de a poco y Entel, la empresa de telecomunicaciones, habilitó una línea telefónica gratuita en la plaza principal, para que los habitantes pudieran hablar con sus seres queridos que estaban fuera del país. En el documento, sin embargo, no se menciona si hubo apoyo psicológico. Los lugareños dicen que no.

“Yo me fui a Santa Cruz después del terremoto, pero durante mucho tiempo no podía subir al micro, porque el movimiento me ponía nerviosa”, dice Gloria Velasco, una maestra de religión que aquel día estaba con sus dos hijos menores en su casa. Una de ellas, Naya Claure, que por entonces tenía 12 años, recuerda que también supo por la radio lo que pasaría. “No sé si fue radio Fides o Panamericana, pero dijeron que había que bajar los espejos, los cuadros, todo aquello que pudiera romperse. Yo estaba chiquita y ahora que me doy cuenta, nunca había hablado de esto”, dice desde España en una conversación por Whatsapp. “Un día me mandaron a llamar a mi tío, que estaba durmiendo. Lo moví un poco nada más y él salió corriendo a la calle, mucha gente quedó así de traumada”, cuenta Juan José Valda.

Pobladores recorren las calles de Aiquile días después del terremoto. Foto: Marvin Rodríguez

***

Freddy Flores Arnez nació en el terremoto del 1 de septiembre de 1958 y murió en el del 22 de mayo de 1998, con su esposa. Su madre, Luisa Arnez, aún vive en Aiquile. Una falla geológica que atraviesa la pequeña ciudad cochabambina hace que cada cierta cantidad de años haya movimientos telúricos de diversa consideración. De hecho, entre 1909 y 1998 hubo 22, con una magnitud promedio de 4,9 grados en la escala de Richter, según el informe de la OPS.

El término técnico tiene que ver con la fractura de la corteza terrestre en dos o más bloques, lo que origina el desplazamiento horizontal o vertical de los mismos. Cuando ello sucede, puede registrarse un seísmo.

Es viernes 2 de febrero de 2018 y en la catedral San Pedro de Aiquile está a punto de celebrarse la misa principal de la fiesta de la Virgen de la Candelaria. Hace frío, las nubes amenazan con descargar su furia. Pese a ello, hombres, mujeres y niños —ataviados con sus mejores galas— ingresan al moderno templo, reconstruido varios años después del siniestro, porque el anterior colapsó. El de ahora ocupa todo un manzano, tiene dos torres y al centro una nave triangular en cuyo centro está la imagen de la patrona, con su pequeño hijo alzado.

Devotos de la Virgen de la Candelaria llevan su urna durante la proseción de 2018. Foto: Rocío Lloret.

En uno de los bancos, adornados con flores blancas, Martha —68 años, ojos pequeños, flequillo en el rostro— mira de un lado a otro, ansiosa porque empiece la celebración. Vino de negro, temprano, para encontrar un asiento. Estoy a su lado y luego de una charla corta, le pregunto si estuvo en el terremoto de 1998, porque es inevitable tocar el tema. Dice que no, que se marchó a La Paz muy joven, pero que sí estuvo en el del 58.

En Aiquile los sismos se repiten cada 30 o 40 años. En el del 58 yo tenía ocho años. Estaba en la escuela primaria María Jiménez de Castellón, en un examen de declamación con la profesora Olga Betancourt. A eso de las diez de la mañana, más o menos, la tierra empezó a temblar. Todas las niñas salimos corriendo y nos caíamos unas sobre otras por la desesperación. La directora, Aida Delgadillo de Luján, nos llevó al patio. Desde ahí veíamos cómo las tejas del techo se venían abajo. Cuando por fin salimos a la calle Bolívar, los postes se movían como si fueran palitos. Se veía unas ondas en la calle y se sentía un fuerte olor a mineral. Unas señoras vestidas con largas faldas que les llegaban a los tobillos empezaron a caminar de rodillas, cantando: “pequé, pequé Dios mío, tened piedad de mí. Qué grandes son mis culpas, mayor es mi bondad”. Sus ojos se humedecían por las lágrimas mientras alzaban las manos y miraban al cielo. Aiquile era chiquito. Las haciendas estaban cerca. Cuando yo me iba a mi casa, vi a los burros y a los caballos que estaban amarrados a los árboles, alborotados, se paraban en dos patas y saltaban. Cada cinco minutos se repetía el movimiento, luego cada media hora. Creo que unos tres meses estuvimos así, con todo moviéndose.

No hay registros de que aquella mañana de finales de invierno del 58 hubiera víctimas fatales, solo testimonios de pavor, de esa sensación de no pisar tierra firme, de ver cómo caen las cosas, de caerse y levantarse varias veces, de saber que cada cierta cantidad de años la tierra volverá a temblar, como ocurrió en 1925, en 1958, en 1976 y en 1998.

En Aiquile quedan pocas casas antiguas. Después de la desgracia se construyeron edificaciones modernas. Fotos: Rocío Lloret

3.

Una pequeña habitación de ladrillos y estuco, edificada sobre una gruesa capa de cemento, con pequeñas ventanas de madera, sin vidrios ni techo, fue lo que Lucy y José recibieron después del terremoto de Aiquile de 1998.

En su amplio terreno aún quedan vestigios de lo que otrora fue su vivienda, allí donde criaron a sus cuatro hijos. Hoy el lugar luce desolado, con hierbas malas que salen del piso y trastes apilados en el fondo.

De a poco, estos esposos —maestros de profesión— se encargaron de mejorar la “casa” para hacerla habitable, pero cuatro años después no vieron otra salida que emigrar a Cochabamba para que sus hijos estudien.

Como muchos de sus paisanos, desde entonces solo vuelven a su ciudad en fechas especiales: la fiesta de la Candelaria, Carnaval, el Festival del Charango o Todos Santos. En las celebraciones, en medio de baldes de chicha de maní o maíz que se sirve en tutumas, con cuecas de fondo y parejas bailando; muchos aiquileños derraman lágrimas al hablar de su pasado.

Hermana, mamita, ¿sabes cómo es mirar a tu alrededor y no encontrar nada? ¿De pronto ver que todo aquello que has construido en años, con esfuerzo, se ha convertido en escombros? Cuatro hijos chiquitos, así como zampoña, tenía. ¿Qué les iba a dar de comer?, ¿dónde íbamos a dormir? Hacía frío y nosotros no logramos sacar ni una colcha, así, con nuestra ropa de dormir, sin zapatos, nos fuimos a un lugar a refugiarnos. Nos salvamos, sí, pero lo perdimos todo. Cuando volvimos, un tractor había limpiado todo, el lote pelado nomás estaba.

Enfundado en un traje deportivo blanco, José me mira de frente y sus ojos negros enrojecen. Es pequeño, grueso, de cabello oscuro intenso y bigote ralo. Ha bebido demás, porque hoy es la fiesta de la mamita Candela, como le dice la gente a la Virgen, y estamos en casa de uno de los devotos, que ha llegado desde Santa Cruz para homenajearla. Más tarde saldrá a bailar una cueca y zapateará en medio de una fuerte lluvia, agitando el pañuelo con frenesí, como si no hubiera un mañana.

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Más de diez millones de dólares de la ayuda internacional que llegó para Aiquile, Totora y Mizque fueron desviados. Los fondos —provenientes de países vecinos, europeos y asiáticos, además de entidades como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)— debían servir para ayudar a las víctimas y en la reconstrucción de las poblaciones. Menos del 50 % tuvo ese destino.

Tras el terremoto, así llegó el presidente de ese entonces Hugo Banzer a Aiquile. Foto Marvin Rodriguez

En 2002 la entonces directora de la Unidad Anticorrupción, Lupe Cajías, a quien se intentó contactar por teléfono celular sin éxito, emitió un informe. Citado por el diario cochabambino Los Tiempos, el mismo estableció que se desfalcó 7,9 millones de dólares por las donaciones y 1,2 millones por el sobreprecio en la compra de un avión Beechcraft. La aeronave, de segunda mano, fue adquirida en septiembre de 1998, en 2,9 millones de dólares. El 1 de abril de 2000 se averió y nunca más pudo alzar vuelo; tampoco era apta para socorrer en caso de desastres.

A consecuencia de esto último, en 2007 el exministro de Defensa de Hugo Banzer Suárez (1926-2002), Fernando Kieffer, fue detenido. Dos años más tarde, con su muerte, el proceso en su contra se extinguió.

Siempre siguiendo el reporte de prensa, diez investigaciones se abrieron en base a los informes de auditoría, contra 18 autoridades y funcionarios de la entonces Prefectura de Cochabamba, el Ministerio de Defensa y Defensa Civil, por desvío de la ayuda, falsificación de facturas y otras irregularidades. Pocos responsables fueron sentenciados a entre ocho y cuatro años de prisión.

Muchos de esos esfuerzos por lograr justicia los hicieron, Alberto Claure Cardona (Aiquile), Edmundo Serna Villarroel (Mizque) y Henry Gonzalo Rico García (Totora), representantes cívicos de sus regiones. Como residentes en Cochabamba, impulsaron la investigación y denunciaron la usurpación de los fondos para lograr que por lo menos parte del dinero se devuelva y llegue a sus destinatarios. Fruto de ese trabajo está en el informe ‘Casi siete años de impunidad’, que se publicó en 2005. Actualmente solo el abogado Henry Rico vive y aunque aceptó responder una entrevista por correo electrónico, no la devolvió hasta la publicación de este texto.

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En 2004, el director argentino César Brie estrenó ‘En un sol amarillo, memorias de un temblor’, con el Teatro de Los Andes. Luego de una exhaustiva investigación y recolección de testimonios en las comunidades afectadas, la obra muestra un retazo de lo que pasó ese mayo funesto e ironiza sobre la forma en que los políticos llegaron al lugar para hacer promesas en medio del dolor.

Pero, además, en las premieres de Sucre y La Paz se entregó un ensayo escrito por Brie bajo el título de ‘El terremoto de la corrupción’. Lo que allí se lee, en base al informe anticorrupción de 2002 y a las entrevistas, sobrepasa los niveles de la iniquidad. Se cuenta, por ejemplo, que ni bien comenzó la indagación, el CPU con toda la información de las donaciones desapareció de la entonces prefectura de Cochabamba.

Pese a ello, se logró detectar que hubo desvío de ayudas a otros destinos y actividades, robo de fondos, robo de donaciones, falsificación de facturas, viáticos excesivos e injustificados, cobros por trabajos no realizados, pagos a empresas fantasma, sobreprecios en servicios y en la venta de materiales destinados a las zonas afectadas.

En una lista detallada de hechos se lee por ejemplo que en Totora cada palo para apuntalar las casas dañadas fue facturado en 100 dólares, cuando su costo real era de 24 bolivianos, al cambio de dólar de la época (5,20 bolivianos por dólar). Las mismas volquetas figuraban trabajando en dos poblaciones a la misma hora del mismo día. Una donación de Alemania, superior al millón de dólares, fue a parar a una cuenta personal. Otra, que llegó de Japón, sirvió para financiar una expedición deportiva en Bolivia, entre otros fines. De ese monto, solo se recuperó 10 mil dólares. También existió robó de ropa usada, medicamentos, frazadas y hasta de ataúdes para los muertos.

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Esa mañana la ayuda llegó tempranito. Vituallas, comidas, pollitos, yogures. Algunos estábamos en la canchita, otros en la playa (de autos), otros en la pista, así en distintos lugares. La gente se alejó de las construcciones caídas cuando se dio cuenta que el peligro no había pasado. Algunos murieron cuando volvieron a sus casas a sacar su platita y sus cositas de valor. Tarija mandó gente, Santa Cruz, Cochabamba, hubo una solidaridad increíble. Pasaron una, dos semanas, vinieron unos ingenieros y empezaron a meter tractor. Lo aplanaron todo. Con el terremoto no solo se perdieron vidas, se perdió la historia de Aiquile. En julio comenzó la reconstrucción. Para ese 6 de Agosto se hizo una inauguración y ya entonces los líderes cívicos se dieron cuenta de que algo andaba mal. Que Dios me perdone, no sé si (Fernando) Kieffer o el general Banzer, pero muchos millones de dólares desaparecieron. Cada vivienda costó 3.300 dólares, pero en algunos casos era una simple habitación con su baño de mala muerte, como un gallinero. A mí me ofrecieron hacerme una casa de dos pisos, pero yo no quise. “¿Por qué voy a tener algo mejor que el resto, si todos somos iguales?”, les dije. Los que tenían muñeca (influencia) aceptaron, se hicieron construir varios pisos. La mayoría, en cambio, fuimos arreglando todo con nuestros propios recursos. Los que no tenían, como mi vecino de al lado, aún ahora viven en los cuartitos que les hicieron.

Freddy Justiniano es pequeño y de voz profunda. Hace 20 años era reportero de radio Esperanza, la emisora católica aiquileña. Maestro de profesión, también aprendió el oficio del periodismo y lo ejerció durante 33 años. Actualmente está jubilado pero recuerda bien los hechos noticiosos que le tocó cubrir en ese entonces. Él y sus compañeros hacían turnos de dos horas, para poder estar con sus familias, sin descuidar la información.

Desde el pequeño recibidor de su casa, que da a la calle, dice que las viviendas que se edificaron no son antisísmicas. Ni siquiera fueron hechas por albañiles, sino por soldaditos que llegaron para ayudar. Algunas de ellas, las que fueron reparadas, tienen unos tubos que las atraviesan, a manera de sostén. A otras les pusieron unas maderas por fuera, como grapas que, se supone, detendrán la caída de los muros en caso de otro temblor.

Contrariamente a lo que sucedió en Totora y Mizque, Aiquile perdió su esencia de ciudad colonial. Hoy sus calles principales están asfaltadas, con jardineras en el centro, modernas construcciones de varios pisos, fachadas coloridas y negocios por doquier. Solo el inmueble de la familia Camacho, situado en una esquina de la plaza principal, conserva la estructura de antaño: un inmenso caserón de dos plantas, con un patio al centro, varias habitaciones alrededor y balcones que dan al exterior.

Adentro, el tiempo ha quedado retenido en piezas de incalculable valor: sillones al estilo Luis XV, forrados con terciopelos y telas de varios colores; grandes espejos de marcos dorados, baúles de madera antigua, cuadros de ángeles, candelabros, jarrones de porcelana, mesas con patas curveadas, álbumes con imágenes en blanco y negro. Todo ello cuidadosamente acomodado en una segunda planta a la que únicamente se puede acceder para observar.

Gonzalo Camacho Medinacelli, uno de los propietarios, se encargó de cada detalle para que no se pierda la historia del lugar. Según cuenta, en la década de los 30, Mizque y Aiquile eran muy unidos, pero por la cercanía con Sucre, el último superó al primero. La mayoría de las familias eran hacendadas de una clase social muy alta. Por ello sus hijos se iban a estudiar a la sede del Poder Judicial y se codeaban con la aristocracia chuquisaqueña, así que cuando volvían, tenían otra forma de pensar. Esos jóvenes formaron, en 1938, el Club Social de Aiquile, algo inédito para un pueblo en esa época.

Con la Reforma Agraria de 1953 varias familias perdieron sus propiedades, pero mantuvieron sus privilegios en la ciudad. Hoy, muchos de esos descendientes se saludan con cariño cuando se encuentran en las fiestas, porque aun cuando dejaron su pueblo siendo muy jóvenes, sienten como si nunca hubieran partido. Aquí están sus seres queridos, sus amigos. Aquí está su hogar.

***

Luis López Arnez, alcalde actual de Aiquile. Foto: Rocío Lloret

Le pregunto al alcalde de Aiquile, Luis López Arnez, si a 20 años del terremoto de 1998, su municipio está preparado para enfrentar un movimiento similar o, quizá, peor. Dice que sí. Que no hace mucho se invitó a la oenegé Plan Internacional para que “entrene” a los ciudadanos a través de un financiamiento externo. También a los técnicos del Observatorio de San Calixto, para capacitar a la población, a funcionarios públicos y al personal de los hospitales.

  • Los aiquileños sabemos que tenemos que tener la mochila lista, porque claramente nos han manifestado que puede haber otro movimiento telúrico igual o peor que el que hemos sufrido. Nuevamente tenemos que encontrarnos (con los técnicos) en esta gestión, porque el espacio de tiempo para que se repita se avecina.
  • ¿Entonces acudió mucha gente a las capacitaciones?
  • Parece que la gente no está entendiendo la magnitud, ha estado un grupo reducido y debieron acudir todos, porque la explicación hizo dar miedo. El resultado es que hay más de 12 fallas geológicas en las hoyadas, bajando por Chujllas y el desenlace hacia Aiquile es directo. Cualquiera de ellas se puede activar y el terremoto puede ser igual o peor, porque en este tiempo no ha habido muchas descargas (pequeños seísmos con repeticiones).
  • Eso significa que hay un presupuesto asignado ante una eventual emergencia.
  • No tenemos las cuentas del pasado, donde llegaban 80, 90 millones de bolivianos. En este momento llegan 18 millones y la gente no comprende esta situación. Pero hacemos gestión para que los proyectos se financien con contraparte municipal y sean otras instituciones las que pongan el 70 por ciento, por ejemplo. Hemos asfaltado calles, tenemos un estadio con el programa ‘Bolivia cambia, Evo cumple’, una unidad educativa, el instituto tecnológico en el área rural. Pero lo más importante, vamos a darle agua potable a Aiquile.
  • ¿Y el área de salud?
  • En salud tengo la debilidad más grande.

El hospital municipal Carmen López quedó devastado tras el terremoto. Por fortuna, en ese momento quedó en pie el ‘Giovanni Caterina Bertol’, dependiente de la iglesia Católica. Allí se atendió a las decenas de heridos que llegaban a cada instante. Años más tarde, el estatal fue reparado y en 2012, al costado derecho del terreno, se inició la construcción de una moderna infraestructura de segundo nivel. Según reza un cartel, que fue colocado en la puerta de ingreso, el proyecto es parte del programa ‘Bolivia cambia, Evo cumple’ y el tiempo de ejecución era de 650 días calendario, con un costo de ejecución de más de 18 millones de bolivianos y otro de supervisión de casi 550 mil. La obra gruesa fue concluida, pero los trabajos se paralizaron hace tres años. Hoy luce abandonada y lúgubre.

  • Necesito hacer un préstamo, un fideicomiso de 15 millones de bolivianos. Según el proyecto se necesitaba 22 millones, pero la UPRE (Unidad de Proyectos Especiales, dependiente del Ministerio de la Presidencia) dijo 15. Yo creo que vamos a llegar a conseguir esa plata, pero necesitamos el respaldo de los aiquileños.

Esta mañana de domingo el alcalde López está en su consultorio médico: una habitación con una camilla a un costado, un escritorio plagado de papeles y cajitas de medicamentos. En la pared, un cuadro de Jesús supervisando una operación, en medio de sus títulos profesionales. Vestido con un uniforme azul de cirujano —cabellos blancos, hablar pausado— pondera que para este año espera más recaudación para su municipio. Se amplió la mancha urbana, se tiene previsto hacer un censo de bienes inmuebles y ya se puede registrar vehículos en esta Alcaldía.

  • Somos un municipio pujante, que está como está gracias al concurso de todos sus hijos y sus autoridades. En este momento calculo que hay 17 mil habitantes y 3.500 viviendas, pero solo el 30 o 40 por ciento pagan impuestos. Todos quieren venir a Aiquile, porque es una zona muy apetecida por propios y extraños. Hay paceños, cochabambinos, potosinos, gente de todas partes. Pronto todos tendrán agua, en el área urbana y rural. Con todo eso, lo único que nos atemoriza es otro movimiento telúrico. ¿Qué suerte tendremos, no?
Así luce hoy en día Aiquile. Foto Marvin Rodríguez



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