Víctor Apaza Condori ahora trabaja también para que los jóvenes de su pueblo se beneficien con el turismo.

Víctor Apaza Condori tenía 15 años cuando tomó la decisión que cambiaría el rumbo de su vida para siempre. Dejaría de “pinponear” su tiempo entre el fútbol, la escuela y el campo donde arreaba llamas, para unirse al grupo de jóvenes que vivían bajo el amparo del sacerdote italiano Basilio Bonaldi, en la parroquia Virgen de la Natividad, en el municipio de Santiago de Huata.

Tras dejar Pahana Grande, en su nuevo hogar aprendió muchos oficios: mecánica, carpintería, albañilería, electricidad, plomería y construcción de barcos. Sí, construcción de barcos.  Víctor fue uno de los cinco jóvenes, de entre 18 y 25 años, que en 2011 construyeron  el primero de los dos catamaranes en los que hoy en día pasean los turistas en Santiago de Huata.

Víctor muestra a un visitante uno de los atractivos de Santiago de Huata.

Esa hazaña es parte del proyecto de turismo comunitario apoyado por  la fundación Manos Abiertas, liderada por el párroco Leonardo Giannelli, sucesor de Bonaldi.

Sentado debajo de las ramas de un pequeño árbol en el parqueo del único hospedaje que hay en Santiago de Huata –Casa Relax Chuquiñapi– del que hoy a sus 32 años es administrador, Víctor recuerda con emoción el día en que el padre Leonardo mostró los planos del catamarán, hecho por manos bolivianas, que hoy surca las aguas del lago navegable más alto del mundo.

En aquel entonces, otro compañero muy habilidoso al que apodaban el “manos de oro” declinó de llevar adelante la descabellada idea del sacerdote, pero Víctor –que también creía lo mismo– no rechazó la propuesta. “Voy a aceptar y vamos a avanzar hasta donde se pueda”, pensó. Después de todo, él era el más antiguo de la casa y gozaba de la entera confianza del sacerdote.

“¿Qué le pasa al padre?, ¿está loco?”, “¿será que vamos a poder?”, “¿será que va a flotar…o no?”, fueron algunas de las frases que el grupo de lugareños que se hizo cargo del trabajo comentaba en el astillero donde construían el barco, cuando ni el padre ni los ingenieros escuchaban.

Víctor (Centro) junto a sus compañeros en el astillero donde se construyen los catamaranes.

Sin embargo, todo el equipo conformado también por los ingenieros italianos Giuseppe Sfondrini y Paolo Lugidiani se puso manos a la obra. Más allá del reto de aplicar la tecnología extranjera en la construcción y seguir al pie de la letra los planos e instrucciones, el proyecto traía consigo una poderosa motivación: generar fuentes de trabajo. “El padre vio que muchos se iban a la ciudad o a otros países para buscar trabajo y pensó que el turismo podía ayudar a evitar que siga esa migración; sobre todo de los más jóvenes”, comenta Víctor.

Y así fue como durante nueve meses trabajaron de forma incesante en el proyecto que muy pocos conocían. “No les dije nada a mis papás. El padre tampoco habló mucho, él era reservado; pocos sabían de la construcción del catamarán y los que sabían dudaban de que resulte bien”.

El sábado 28 de mayo de 2011 amaneció soleado. Había pasado una semana desde que las lágrimas de alegría, las risas y abrazos de un grupo de hombres retumbaron en el gran lago tras izar las velas del  Titicact I que flotaba por primera vez –a modo de prueba– en las aguas del Titicaca.


Ese fue un día de gloria. Periodistas de radio, televisión y medios escritos querían conversar con el grupo de jóvenes campesinos ataviados con mixturas y serpentinas a quienes el padre  Gianelli atribuyó el gran logro durante el discurso inaugural del Titicact 1.

“Los chicos bolivianos son capaces, han logrado esta construcción. Nos han ayudado los ingenieros de Italia pero los que han puesto más fuerza y energía han sido nuestros chicos bolivianos”, así dijo el padre, recuerda con emoción Víctor.

Han pasado siete años desde aquel día. Hoy, 5 de junio de 2018, al ingresar al mismo astillero que menciona Víctor, observamos a un grupo de hombres de tez morena blanqueados por el aserrín de la madera que trabajan para concluir la construcción de la tercera embarcación que se unirá a la flota turística en Santiago de Huata. Se espera que la inauguración sea a fin de año.

En el astillero de Santiago de Huata avanza la construcción del Titicat 3 .

Nuevas oportunidades

En 2010 varios jóvenes de Santiago de Huata sorprendieron a sus familiares con la noticia de que el padre anunció un curso de navegación.

Claro que en la casa de Hortensia Macías, quien recién había salido bachiller, la sorpresa fue mayor. En el campo, generalmente, las mujeres se perfeccionan en las labores domésticas, tienen muchos hijos y son tejedoras. En otros casos, las jóvenes que terminan el colegio optan por estudiar para ser profesoras, enfermeras u otras carreras consideradas para mujeres. Sin embargo, Hortensia decidió responder a la convocatoria y unirse al grupo para aprender un oficio totalmente nuevo.

Hoy, a sus 25 años, es la capitana certificada de un catamarán, el mismo oficio que su esposo Carlos Mamani desempeña en Santiago de Huata.

Esta pareja es un claro ejemplo de que el objetivo del padre Gianelli se está cumpliendo. Toda la cadena de servicios turísticos que oferta la empresa local Titicact Tours está a cargo de los jóvenes formados al amparo de la iglesia y otros que se ven atraídos por los nuevos oficios.

Romer Pary, que es el chef; Luisa Mamani, administradora de la empresa de turismo Titicact Tours; Víctor Apaza, Administrador de la Casa Chuquiñapi; Carlos Mamani y Ortensia Macías son solo algunos de los rostros jóvenes del turismo de Santiago de Huata.

Al igual que ellos, los bailarines y músicos que brindan el show cultural para los visitantes, los guías, los carpinteros, albañiles, electricistas y colegiales voluntarios son parte de la fuerza humana que depende del turismo en esta zona.

Actualmente, con el apoyo de la Cooperación Suiza en Bolivia trabajan en la construcción de dos albergues comunitarios (Cabañas del Lago) para ampliar la capacidad de hospedaje en el lugar.

Colegialas son parte del grupo de baile que acompaña a los músicos en las presentaciones para compartir con las visitas.

Si buscas donde pasar un fin de semana o tus vacaciones, recuerda que en este destino no sólo disfrutarás de la belleza del Titicaca, de la cultura de un pueblo y de magníficas aventuras sino que aportarás a la unidad de las familias.

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