El Valle de la Luna, patrimonio municipal de La Paz, de día y de noche.

El Valle de la Luna es una extraña formación geológica a media hora del centro de la ciudad.
El Valle de la Luna es una extraña formación geológica a media hora del centro de la ciudad.

Texto: Álex Ayala Ugarte / Fotografías: Luis Salazar

Todas las mañanas, en horario de oficina, Tania Luna Laime, 23 años, aretes grandes, cara redonda, como la de un pastelero, ojos brillantes, conversa con los turistas en el Valle de la Luna de La Paz, una extraña formación geológica de color beige, de donde se elevan los cactus como si fueran candelabros gigantes, a media hora del centro de la ciudad. Su trabajo es de los más singulares en varios kilómetros a la redonda: ella es una de las anfitrionas de este paraje turístico que recibe cada año a miles de visitantes.
Tania se encarga de hacerles sentir a los que llegan como en su propia casa: una casa sin paredes, techos, sofás o televisión, una obra de arte asimétrica que no responde a los caprichos de un escultor, sino de la naturaleza. “Un paisaje de otro planeta”, dice en su blog un viajero que conoció el valle recientemente. “Como si estuviéramos dentro de un cuadro de Dalí, disfrutamos de este paseo de trazos surrealistas”, añade luego.

Tania Luna Laime, de 23 años, es una de las anfitrionas que atienden a los turistas que recorren al valle.
Tania Luna Laime, de 23 años, es una de las anfitrionas que atienden a los turistas que recorren al valle.

La primera vez que el vigilante Marco Antonio Quispe dio un paseo con su linterna, de noche, sintió escalofríos.

A menudo, la toponimia es una disciplina más sentimental que esclarecedora. En un bucólico reportaje sobre lugares tristes, la antropóloga Virginia Mendoza explica que hay una montaña que fue bautizada como Monte de la Desesperanza por un aventurero que tuvo que hacer frente a un sinfín de desgracias; cuenta además que hay otra llamada Pico Erróneo debido a que los exploradores que la escalaron se equivocaron de cima; y comenta que en Nueva Zelanda hay unas Islas Inútiles que no despiertan el interés de casi nadie. Aquí dicen que el valle debe su nombre a los comentarios de Neil Armstrong tras una escapada a Bolivia antes de liderar el histórico alunizaje de la misión Apolo 11.
Aquel paisaje que el astronauta comparó supuestamente con el del satélite de color lechoso que pisaría años más tarde, era un gran cerro de arcilla hace millones de años. Los vientos, las lluvias y las aguas subterráneas lo fueron moldeando creando cráteres y obeliscos que nos trasladan a tiempos prehistóricos. Su belleza hoy no es como la de la selva, no se debe ni a una vegetación abundante ni a una explosión de tonalidades, sino a una superficie que merma. Lo que llama la atención acá, lejos del ruido, no es lo que sobra, sino lo que falta: algunos huecos que parecen pisadas profundas, las hendiduras que desembocan en abismos minúsculos o las rocas que se consumen como si fueran azucarillos silvestres.
Cuando no hay cazadores de selfies cerca con sus modernos palos de aluminio, ni japoneses con caras fantasmagóricas por culpa del protector solar ni paraguayos que le invitan a servirse mate frío, Tania se quita los aretes, su sombrero borsalino y una mantilla que se ajusta al cuerpo gracias a un topo dorado y pasea sus polleras por los rincones que más le cautivan: por “El montículo de la tortuga”, que tiene la pinta de un caparazón gigante; por “El sombrero de la dama”, donde, con un poco de imaginación, uno puede descubrir un tocado antiguo; o por “El salto de la vizcacha”, un mural natural en tres dimensiones que se ha convertido en el hogar perfecto para estos roedores de orejas largas que no suelen asomar la cabeza hasta que atardece.

Hace millones de años, todo esto era un gran cerro de arcilla. El viento, la lluvia y las aguas subterráneas lo fueron moldeando hasta convertirlo en un paisaje único.

A veces, cuando hay turistas recorriendo las pasarelas de madera que nos conectan con el resto de los atractivos —con “El buen abuelo”, “La ventana del sur” o “El mirador del Diablo”—, el músico Valerio Condori agarra su charango o su quena y se trepa hasta algún saliente para alimentar el valle con música andina. Cuando no hay gente, Tania es capaz de abstraerse de todo y se sumerge en sí misma, mecida en ocasiones por el soplido del viento. Cuando nada silba y reina el silencio, igual el valle parece tener una voz categórica. Entonces, me explica Tania, “escucho mis pensamientos”, y las preocupaciones desaparecen.

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“El montículo de la tortuga” y “El salto de la viszcacha” son los rincones preferidos de nuestra acompañante.

En las tiendas de souvenirs, tratan de reproducir la mística de este sector que ahora es patrimonio municipal con la ayuda de los objetos y las prendas artesanales que comercializan. En una de las poleras que hay a la venta, por ejemplo, vemos a uno de los personajes de la famosa serie Juego de tronos frente a un nevado de la cordillera, sobre un mensaje afín a nuestra climatología extrema: “winter is coming” (el invierno ya viene); y en otra vemos a un tipo con traje espacial abriéndose paso a través del valle.
Marco Antonio Quispe, de 31 años, es el encargado de las rondas de vigilancia todas las noches. A las 18:30, Marco Antonio Quispe, el vigilante nocturno, 31 años, pantalón deportivo, chaleco amarillo, acomoda sus cosas en la boletería, cierra las puertas de entrada y comienza las rondas nocturnas. La primera vez que dio un paseo con su linterna sintió escalofríos: “por las pisadas, por las sombras, porque el cuerpo se enfría”. En más de una ocasión ha escuchado voces en el corazón del recinto y cuando se ha acercado no ha encontrado a nadie, y suele hacerse las mismas preguntas que la humanidad se ha planteado siglo tras siglo: “¿Quién soy?, ¿dónde estoy?, ¿hacia dónde voy?”. Aquí, en mitad de la “nada”, Marco Antonio a veces se ve a sí mismo como un ser diminuto, y esa sensación no se difumina hasta que llegan las primeras bocanadas de luz al día siguiente.

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Cómo llegar: Las líneas de minibuses que se dirigen a los alrededores del atractivo turístico son la 43, la 231, la 253, la 273, la 351, la 901 y la 902.

Recorridos: El tiempo estimado para atravesar el tramo más corto del valle es de 15 minutos. Para el largo se necesitan unos 45.

Precio de entrada: Tres bolivianos para turistas nacionales y 15 para extranjeros.

Fechas clave: El 21 de junio, a las seis y media de la mañana, se reciben los primeros rayos de sol del solsticio de invierno. Dos días después, se celebra la noche lunar.

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