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Pasorapa y Saipina, en Cochabamba y Santa Cruz, reactivaron su mancomunidad para rescatar una fortaleza situada en una colina. Por los vestigios, se trató de una urbe con muros de piedra cuya estructura denota una gran organización y un trabajo arquitectónico muy avanzado.


Texto y Fotos: Rocío Lloret Céspedes

Debajo de esta tierra sobre la que estoy parada hay una ciudadela incaica. Dicen que está intacta y que entre los muros de piedra hay calles, avenidas y edificaciones que muestran una gran planificación urbana. Que hace mucho, dos turistas llegaron a explorar estos sitios solitarios en los que solo las aves y las alimañas son dueñas absolutas. Que los extranjeros “se perdieron” cuando fueron tentados a buscar una supuesta veta de oro, sin saber que los pueblos que ocuparon este territorio trabajaban con bronce y cobre y no así con el metal dorado. Dicen también que se escuchan voces y que “aparece” gente con la que incluso se habla, pero que se esfuma en el momento menos pensado. Dicen que cuando por fin se excave esta tierra y se conozca sus secretos, dos municipios verán florecer sus ingresos gracias al turismo.

La Fortaleza de Pucará, las Vistas de Pucará o el Fortín de Pucará. A este lugar se lo conoce por esos nombres. El arqueólogo Luis Callisaya asegura que todo denominativo “pucara o pucará” significa edificación que servía como defensa en la guerra. Pero en este caso, por los vestigios que saltan a la vista, “acá hubo un asentamiento humano, que fue mucho más allá de una simple fortaleza, hubo una ciudad bien planificada y estoy seguro que si se excava, incluso se puede descubrir edificios públicos, como la casa del rey”.

En varias pictografías se distingue una figura, que podría ser una serpiente, según los expertos. El ofidio está muy ligado a la fertilidad en estas culturas.

Este monumento de piedra está en el municipio cochabambino de Pasorapa, a 310 kilómetros de la capital valluna. Por la distancia, es más fácil entrar por Saipina, municipio cruceño aledaño, situado a 265 kilómetros de Santa Cruz de la Sierra. Los comunarios del lugar calculan que su extensión superaría las 10 hectáreas. De ser así, sería más grande que El Fuerte de Samaipata, que precisamente tiene esa extensión, entre su monumento principal de piedra y las construcciones que se ha encontrado alrededor.

En Bolivia –explica Callisaya– los arqueólogos han descubierto pocas ciudades prehispánicas. Está Iskanwaya, en el norte de La Paz; Tiwanacu, en el mismo departamento, y Samaipata, en Santa Cruz. Esta sería una nueva urbe por desenterrar, con una arquitectura que, por lo que se observa, muestra que hubo especialistas que tallaron piedras, similares a las que hay en Machu Pichu, (Perú). Pese a que las hierbas cubrieron buena parte de las estructuras, hay sectores donde se alcanza a divisar ventanas trapezoidales perfectamente delineadas, hornacinas o huecos arqueados en las paredes, así como una pequeña puerta y un sitio ceremonial en la cima. Lo más impresionante: muros de un metro de ancho por cuatro de alto.

El arqueólogo Omar Claure, uno de los promotores de la visibilización de estos monumentos, explica que este sitio debe ser analizado por expertos, como sucedió en Samaipata, donde científicos de universidades extranjeras, como la Bonn de Alemania, se encargaron de estudiar El Fuerte durante más de cinco años. Empero, por los hallazgos de cerámica y otras piezas arqueológicas, es posible hablar de una sobreposición de culturas.

El arqueólogo Oma Claure observa las pinturas rupestres en El Buey, un sitio arqueológico que pertenece a Pasorapa.

“En esta zona se ha encontrado objetos de las culturas yampara (Chuquisaca), omereque (Cochabamba) y mojocoya (Chuquisaca), las mismas que tuvieron contacto con culturas amazónicas como la chané (Santa Cruz), gente tranquila y sedentaria. Los incas llegaron y los sometieron pacíficamente, asimilaron mucho de sus culturas y aportaron con la suya”.

La hipótesis tiene asidero, tomando en cuenta que aún en la actualidad existe mucha cercanía entre los habitantes de Pasorapa y Saipina, municipios que están divididos únicamente por el río Mizque, precisamente el límite natural entre Cochabamba y Santa Cruz. También hay muy buena relación con Chuquisaca, por la cercanía con Villa Serrano y Mojocoya.

Callisaya coincide con Claure respecto a la sobreposición. Por estudios, dice que hubo dos maneras de llegada de los incas a estos territorios. “Pudo ser mediante batallas o guerras, o por alianzas políticas, mediante matrimonios pactados entre princesas incas e hijos de los líderes locales. En el caso de las Vistas de Pucará, sería una ciudad de hace 600 años”.

En lo alto

Desde la cima de esta ciudadela, asentada en la colina más alta de la zona, se divisa una extensa sabana de tonos verdes y marrones, el pueblo de Saipina, potreros, caminos de tierra, una carretera en construcción, un puente de cemento, el río Mizque y cóndores que revolotean tan alto que pareciera que rozan el cielo. Respirar este aire puro es una caricia para los pulmones.

Recortes de la prensa cruceña, que datan de 2003, dan cuenta que en 1973, “un aficionado norteamericano” identificó este sitio. Desde entonces, se ha mantenido ajeno a la intervención del ser humano, entre otras cosas porque el acceso a la zona era tan difícil, que había que hacerlo a caballo.

Vista de una pared de la ciudadela, se estima que tiene una altura de cuatro metros.

Actualmente, se puede llegar en vehículo hasta las faldas de la elevación por Pasorapa. Por Saipina, que es más cerca, el camino es de tierra, un largo tirabuzón ascendente, en el que cabe un solo motorizado. Una vez allí, se requiere más o menos una hora para subir a la punta, en un terreno rocoso y empinado, pero no menos atractivo por las bellezas naturales, como flores de distintos tipos de pequeños cactus que emergen entre las piedras.

Simón Solís Cabello es secretario de Recursos Naturales y Turísticos del sindicato de la Yunga. De estatura mediana y rostro moreno, conoce los accesos a las ruinas como pocos. Ha subido varias veces y lo hizo desde distintos puntos. Su anhelo es que el próximo año en un sector donde se presume se hacía rituales, se celebre un solsticio de invierno para que las autoridades nacionales conozcan la riqueza arqueológica que “duerme” en este lugar.

La apuesta turística

En las faldas de esta fortaleza de piedra hay haciendas donde se siembra maíz, principalmente. Honorata Escóbar que suele visitar la suya con frecuencia, cuenta que desde tiempos inmemoriales los habitantes de esta zona se vieron obligados a migrar a Saipina por la falta de escuelas y porque la sequía siempre fue implacable. En su estancia, por ejemplo, algunas vacas flacas esperan con ansias el alimento que ella les pone con esmero, porque en el suelo no hay pasto y todo luce como un desierto árido.

Enfundada en una pollera delgada, una blusa manga corta y un sombrero negro de ala ancha, la preocupación de esta mujer por los problemas climáticos es la de autoridades y vivientes de comunidades aledañas. Sin ir lejos, la prensa cochabambina refiere que en septiembre pasado Pasorapa se declaró en desastre por la falta de lluvias.

El río Mizque es el límite natural entre Cochabamba y Santa Cruz.

Ante la situación, el gobierno municipal de esta región, así como el de Saipina decidieron reactivar una mancomunidad o corporación legalmente constituida, para impulsar el desarrollo turístico en ambos municipios, como una alternativa para generar recursos.

Aunque ya en años anteriores se intentó encaminar este proyecto para visibilizar la ciudadela incaica, esta vez el objetivo es concretarlo. El primer paso –explica el arqueólogo Claure– es proteger el sitio con el enmallado. Posteriormente se debe limpiar las ruinas, desmontar la vegetación y finalmente convocar a expertos para estudiar los vestigios. Al cabo de todo esto, recién establecer rutas, y centros de atención al visitante, como sucede en la actualidad en Samaipata.

Emilio Mamani –pequeño, de tez cobriza y un bigote ralo– sabe de este trabajo más que otros, ya que fue instruido por los arqueólogos alemanes que excavaron y estudiaron El Fuerte cruceño. Con esa experiencia, asegura que la exploración debe hacerse con cuidado, ya que se puede dañar alguna pieza y eso sería terrible. “El trabajo debe ser planificado, no se puede sacar la tierra así por así, hay que saber cómo hacerlo. Yo fui parte del equipo que reconstruyó El Fuerte e hizo excavaciones. Acá en Pucará ya estuve en dos ocasiones anteriores, llegué en caballo, ahora veo que las hierbas han crecido y se nota que las reses estuvieron en algunos lugares buscando alimentos”, afirma.

En el museo de Saipina hay varias piezas arqueológicas encontradas en la zona. Actualmente está cerrado, pero se prevé la construcción de una casa de la cultura, que albergará a un nuevo museo.

Tanto el alcalde de Pasorapa, Jaime Mendieta Salazar, como el presidente del concejo saipineño, Nery Navia, así como el concejal Néstor Medina, tienen mucha esperanza en lograr que, por fin, se visibilice esta veta turística sin explotar. Su entusiasmo fue contagiado al diputado supraestatal Edwin Moro, nacido en la región, quien está dispuesto a hacer las gestiones pertinentes para que el plan no quede solo en papeles.

Ruta arqueológica

Los valles cruceños y cochabambinos están llenos de sitios arqueológicos que algún día esperan ser estudiados, para que se conozca cómo vivieron los hombres y mujeres de otros tiempos. Omar Claure afirma que culturas andinas y amazónicas apetecían dominar estos territorios, porque por el clima el cultivo de maíz era muy prolífico. “Precisamente esa era la base de su alimentación”.

Claure muestra la clasificación de cada uno de los objetos que está en el museo de Saipina.

Lamentablemente, muchos de esos vestigios corren el riesgo de ser dañados por el tiempo y por la intervención del ser humano, asegura. Los petroglifos hallados en una cueva llamada el Toro Muerto (Saipina), por ejemplo, fueron pasados con una pintura blanca para resaltarlos, “algo inconcebible”, según el experto. “Son grabados que datan de aproximadamente cinco mil años antes de Cristo. Cuando yo estuve en el lugar, hace más de diez años, hicimos enmallar el sitio para protegerlo, porque un profesor le pasó una pintura blanca para resaltar las figuras y una mujer extraía retazos para venderle un polvo a las colegialas, diciendo que atraía el amor”.

Las pinturas rupestres de El Buey (Pasorapa), que están en una cueva situada en la parte superior de un balneario natural actualmente seco, son también un atractivo sinigual. Dibujados presumiblemente con óxido de hierro y grasa animal, los símbolos denotan seres humanos con sobrepeso, figuras zoomorfas y expresiones geométricas diversas. “Nada raro –asegura Luis Callisaya– que Samaipata, Comarapa, Saipina, Mizque y Pasorapa, entre otros, formen parte de un camino prehispánico y que estas grafías sean señalizaciones para ayudar a los comerciantes a llegar a las ciudades”.

El lugar donde se encuentran estas pinturas rupestres es de difícil acceso.

Después de muchos años y ante las inclemencias de la sequía, muchos vivientes de estas regiones se dieron cuenta que si bien la agricultura aún es su medio de vida, en el turismo tienen otra alternativa para generar recursos y mejorar su calidad de vida. En Samaipata, el proceso duró casi 20 años.


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