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Texto: Rocío Lloret Céspedes / Fotos: Doly Leytón Arnez

Es pequeño. Cuatro por dos apenas. Pared de adobe, techo de paja sostenido por dos palos. En el centro, una mesa vetusta, herramientas de carpintería y una pieza de madera con forma de charango. En el suelo de tierra: turriles, una picota, una pala, un marco de ventana roto, un colchón de paja doblado, dos troncos apilados. El taller –situado en
la comunidad San Pedro de Aiquile, a 222 kilómetros de Cochabamba– es discreto y pasa desapercibido. Es difícil llegar hasta aquí por cuenta propia.
Son las diez de la mañana del día después de Todos Santos. Eugenio Ortiz Gonzales (59) talla en silencio la caja de un charango al que le falta forma en la zona de las clavijas. Tiene los ojos profundos, el cabello canoso. Agachado, de rato en rato mueve las hojas de coca que tiene en la mejilla.

San Pedro y Común Pampa son la cuna de una estirpe de constructores de charangos. Son más de 80, según Eddy Veizaga, ahijado de Eugenio y presidente de la Asociación que los aglutina en Aiquile. La primera comunidad citada está a un costado de la carretera. Son dos kilómetros de extensión en los que hay casitas de adobe contiguas, aisladas una
de la otra, con grandes extensiones de terreno; una cancha con césped sintético para 150  habitantes, que se usa los domingos, y una escuela que está a un costado. Aunque la fabricación del instrumento de cuerdas le ha dado notoriedad ante los ojos de Bolivia y el mundo, hay épocas en que los artesanos deben cambiar el cincel y el martillo, por la picota y la pala, para sembrar maíz u otros productos agrícolas, que consumirán o venderán
durante el año. “Pero yo tengo estas tierras gracias al charango”, dice Eugenio en voz baja y mientras levanta la vista para señalar sus oscuros cuartos de adobe, su patio y el extenso terreno en el que sembró manzanas.

Hace casi 40 años, cuando cumplió 25, aprendió a tocar; luego su padre y su tío se encargarían de transmitirle sus saberes para convertir un retazo de madera en una obra de arte que emite tonos muy agudos, tiene cuerdas dobles para que el sonido sea más sonoro,
y posee la virtud de acompañar a su dueño allá por donde lo lleve el destino, por su pequeño tamaño.
Hasta la década del 40, había músicos que animaban fiestas enteras únicamente con este instrumento; hoy esa costumbre solo perdura en algunas poblaciones de Potosí y Chuquisaca.
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Para fabricar un charango –dice el maestro Juan Achá, considerado uno de los mejores constructores del país a nivel nacional e internacional– intervienen tres ciencias: matemática, física y química. Autodidacta en el oficio, su trabajo se destaca porque combina las técnicas tradicionales con las exactas para alcanzar precisión total en las notas musicales. “Hacer un charango no es difícil, pero hacer un instrumento para usarlo en cualquier género musical, requiere apoyo de la ciencia”, asegura en una charla telefónica desde La Paz.
Basado en su experiencia de casi medio siglo, este año capacitó a 15 maestros aiquileños, que obtuvieron un título reconocido por el ministerio de Educación a nivel técnico superior.
Como resultado, sus alumnos se llevaron 14 premios durante la versión 34 de la Feria y festival nacional e internacional del charango Aiquile 2017, que se realizó a principios de noviembre. Eddy Veizaga, uno de ellos, ve con muy buenos ojos esta iniciativa, aunque sabe que todavía falta llegar al grueso de los artesanos. Delgado y de gran estatura, él es uno de los impulsores para que el acontecimiento, que se realiza cada año en la población cochabambina, adquiera cada vez mayor jerarquía. “El objetivo –dice– es que llegue a ser tan grande como el de Viña del Mar, en Chile”.

Eugenio Ortiz talla la caja de un charango al que aún le falta delinear la zona de las clavijas.

Florencio Ortiz Salazar fue el primer constructor de charangos de San Pedro. Eddy es su nieto y cuenta que su abuelo le enseñó el oficio a su hermano Félix y así se fue propagando el legado en toda la comunidad. “Por eso nosotros vivimos del charango, nuestros hijos comen gracias al charango”, dice.
De origen boliviano, en el país existe una diversidad de formas, tamaños y materiales de fabricación. Está el ronroco, de sonido ronco, popularizado por el grupo los Kjarkas; el hualaycho, más agudo, que se usa para el kalampeado potosino; el chango, que es un poco más grande que el típico, que mide 37 centímetros, y el charangón chuquisaqueño, que tiene tres cuerdas, entre otros.

Los primeros artesanos los tallaban “a puro cuchillo” en un banquito de dos patas que Eddy atesora en su casa. Con un talento innato, aquellos hombres le daban forma a un retazo
de algarrobo para tener el instrumento que acompañaría sus jornadas de soledad en el campo, cuando dejaban su hogar para ir a su chaco a sembrar o cosechar productos. Ninguno de ellos sabía leer ni escribir, pero calculaban dimensiones y espacios con la
maestría de un sabio.
Aún hoy se maneja varias teorías  sobre la procedencia del instrumento. Hay quienes dicen que la fuente es la bandurria, más pequeña que la mandolina, y otros, que es una réplica el
timple canario español. Este último es el que más se parece por su tamaño y por algunas similitudes en la afinación.  Sin  embargo, la particularidad del charango es la concavidad de su  caja.
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De origen boliviano, en el país existe una diversidad de formas, tamaños y materiales de fabricación.

Antiguamente se decía que el charango escogía a su dueño. El maestro Jorge Arteaga, intérprete desde los cinco años y actual director del Movimiento cultural Los Olvidados de La Paz, asegura que aquello es un mito. Hoy en día el músico elige a su compañero
basado en dos exigencias clave: que tenga buena sonoridad y que sea de buena madera.
– Generalmente se usa madera agria, para que no entre la termita. Debe tener buena tapa, con un grosor adecuado, porque si es demasiado gruesa, el sonido se hace sordo, y si es muy delgada, puede romperse.  El diapasón tiene que ser de madera dura, hay dos, que son las más usadas: el jacarandá y el ébano. Pero lo particular de esto es la distancia de
las cuerdas: no tiene que exceder los milímetros necesarios entre una y otra, para poder interpretar sin torpeza.
En Bolivia no hay fábricas de clavijas  ni cuerdas, por lo que estas son traídas de Argentina. En algún momento –cuenta Arteaga– el maestro Achá hizo fabricar estas últimas en Italia, con medidas específicas para el instrumento, “porque puedes tener la mejor madera, pero si las cuerdas no son aptas, no te sirve para nada”.

Todos estos detalles fueron cambiando con el tiempo. En la época del maestro Mauro Núñez Cáceres (1902- 1973), para muchos el padre del folklore boliviano, se usaba hilo de caña de pescar, por ejemplo.
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Naranjillo, pino, najla, laurel, tarco, ébano, todos son nombres de la materia prima que utilizan los constructores para darle forma a su obra. En el taller de Eugenio, que está frente a su casita de adobe, hay dos troncos apilados que esperan su turno para entrar a la prensa. En su mesa tiene dos trabajos pendientes: uno al que ya le cavó la caja y otro que apenas es un armazón.

Es casi mediodía y hoy debió haber ido al cementerio de Aiquile para despedir a los muertos, pero está enfermo. Delgado en extremo, se quedó porque no puede beber la chicha que se invita como parte de las costumbres de su tierra. Solo su hija de 10
años y dos perros flacos lo acompañan.

“Demoro cuatro días en hacer un buen charango. Si sale bueno, costará 1.500, 1.600 bolivianos, yo le pongo el precio”, dice despacio, esta vez  sentado en un tronquito. Para ello se encarga de elegir la madera que crece en los cerros donde más sopla el viento, “porque el sonido también sale de la tierra”.

Durante años, Eddy Veizaga vio cómo su tío y padrino fabricó tantos instrumentos como pudo hasta poder comprar su tierra y, ya casi a los 40 años, formar una familia. Hasta no hace mucho, lo hacía iluminado con un mechero, que aún cuelga en una de las paredes de su patio, quizá por eso perdió la vista, aunque todavía trabaja sin lentes de aumento.
Con la maestría de un artista, Eugenio realiza filetes y otros detalles en el acabado final de su obra, según la  exigencia de sus clientes, que muchas veces le hacen encargos desde otros continentes.


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Es viernes y un sol contundente brilla en San Pedro. Aunque aquí los habitantes no padecen por la falta de agua para la producción agrícola, ya que hay una represa y agua dulce de vertiente, la construcción del charango es su medio de vida por excelencia.
Por esa razón cada año se realiza otro festival, más estricto que el de Aiquile según Veizaga, y se busca profesionalizar a los artesanos.
El maestro Achá, susceptible por  la “usurpación” foránea de datos respecto a sus investigaciones sobre el instrumento, prefiere no explicar por teléfono los estudios que hizo sobre las ciencias que intervienen en la fabricación. Su pupilo Veizaga dice, sin embargo, que el cálculo y la aritmética (matemática) se utilizan para definir las medidas que tendrá la obra, mientras que la física determina espacios y grosores precisos. La química entra cuando se debe utilizar las mezclas para el barnizado y, finalmente, la acústica que es una rama física, se aplica para lograr un sonido perfecto.  “Soy autodidacta, no tuve ningún maestro y eso me hizo sobresaliente, toda esa entrega y la pasión por lo que hago me impulsó a perfeccionar el charango para presentarlo a nivel
internacional”, asegura.
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En el festival de Aiquile los dos días de competencia son intensos para el jurado. Los  integrantes deben elegir a los mejores intérpretes de acuerdo a categorías y también a la
ñusta, encargada de promocionar el acontecimiento durante su gestión.
El guitarrista Willy Claure, que este año formó parte del selecto grupo, dice que quedó muy sorprendido por la calidad interpretativa de los niños y jóvenes, aunque “esperaba mucho
más de los adultos”.

Esa percepción, del gran entusiasmo que tienen los más jóvenes para formarse y tocar el instrumento, es el nuevo rostro la capital del charango y es en ellos donde está la esperanza de concretar el sueño de Eddy, de convertir esto en algo tan grande como Viña del Mar.

Eddy Veizaga junto a su tío en el taller ubicado en San Pedro.

Yesir Villarroel, de 17 años, es delgado y se mueve frenéticamente durante su presentación. Cuando termina de tocar sus dos temas, baja del escenario aún con la adrenalina a flor de piel y lo esperan sus amigos para felicitarlo. Mientras, otro joven se presenta y arranca gritos de chicas del público. Esta noche de viernes el pueblo llena buena parte de las graderías del coliseo municipal porque se elegirá a la nueva ñusta.
Yesir empezó a tocar a los nueve años, de la mano del maestro Raúl Mojica. Descendiente de una familia de músicos, hace un año inició su preparación con miras al concurso, pero hace algunas semanas los ensayos se intensificaron hasta copar casi todo el día, incluidos domingos, para estar a la altura. “Vale la pena”, responde cuando le pregunto si no le pesa dejar de lado las fiestas con amigos o las actividades con su promoción.

Yesir Villarroel fue uno de los participantes del festival, en la categoría juvenil.

Y es que los ganadores, más allá de los premios y el reconocimiento, muchas veces se convierten en maestros que enseñan el arte a nuevos pupilos. Así le sucedió a la ñusta de
1994, Rosario Peredo, quien formó una escuela de charanguistas en Oruro y varias  alumnas suyas también obtuvieron el título que ella ostentó.
Es mediodía en San Pedro. Eugenio se levanta para despedir a los invitados y su hija lo abraza tímidamente por la cintura. Cierra su puerta y dos perros flacos ladran para ahuyentar a los intrusos. Al salir a la carretera, Eddy habla de proyectos que benefician
a los comunarios, como el cultivo de manzana. “Tierra encantada debe
ser esta –dice– porque nadie nunca quiere irse y si los jóvenes se van a estudiar
a Chuquisaca, Cochabamba o Santa Cruz, siempre vuelven, porque aquí tienen de todo”.


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