Mientras las plantaciones de cítricos y campos de ganadería se expanden devorando todo el bosque a su alrededor, Gabriel Alarcón continúa incansable protegiendo y conservando su bosquecillo de 20 hectáreas donde se alzan cientos de árboles, entre  los que reina la preciosa mara.

Fotos y texto: Doly Leytón Arnez / Santa Cruz

Un paisaje que te hace reflexionar. Allá al frente se ve la propiedad, comenta Gabriel Alarcón, mucho antes de cruzar la banda del río Piraí.
Al levantar la cabeza y dirigir la mirada hacia el horizonte, esa imagen impacta: al lado izquierdo de una zona montañosa se pueden ver plantaciones de cítricos y terrenos con muy poca cobertura vegetal, mientras que a la derecha, como un gran parche verde, se alza un bosque tupido.
En ese momento sentí remordimiento porque la historia de Gabriel Alarcón debería contarse hace mucho. A este técnico industrial lo conocí hace un año durante la cobertura de la firma de un convenio de Acuerdos Recíprocos por Agua en la comunidad Junta Piraí en el municipio de El Torno.

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Mientras que los miembros de una ONG hablaban con los campesinos acerca de la importancia de conservar los bosques, una voz entusiasta me comentó casi susurrando: “Lo que yo hago había tenido nombre, se llama conservación… Yo tengo mi bosque que lo cuido hace más de 30 años, sin ningún apoyo”.
Esas palabras quedaron en mi mente pero no me provocaron visualizar lo que tuve en frente ese domingo de abril cuando concretamos la entrevista a sólo cuatro kilómetros desde la zona urbana de El Torno.
Después de esa bienvenida visual, tocó quitarse los zapatos para cruzar el río que si bien parecía apacible, amenazó con tumbarnos en un par de oportunidades.
Al llegar a la otra banda empezó una caminata corta, de unos 15 a 20 minutos por senderos con poca vegetación. Alrededor no habían árboles grandes donde resguardarnos del intenso sol de las 10 de la mañana, sólo pequeños árboles de cítricos en surcos.
Cruzamos un par de tranqueras hasta llegar a un gran pastizal. A los lados, nuevamente la imagen de los terrenos deforestados, obviamente son tierras privadas de uso agropecuario, pero en frente, como un oasis, se alzaba una muralla de vegetación.
Bajo los implacables rayos solares, cruzamos el pastizal que tenía como lunares algunas palmeras hasta llegar a una verja de madera. Apenas dimos un par de pasos dentro de la propiedad sentimos una frescura indescriptible.
Caminamos poco y nos encontramos debajo de árboles en un sendero rodeado por una hermosa vegetación. Por fin llegamos a Gama 8, la propiedad de don Gabriel, un hombre que de sus 63 años de vida ha dedicado al menos tres décadas a cuidar este pedazo de terreno de 20 hectáreas.

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¿Por qué lo hace?

Es inevitable preguntarle el porqué, qué lo motiva, porque su terreno está ubicado en una zona privilegiada, cerca al río, donde prima el aprovechamiento agropecuario, cercano a la zona urbana, tanto así que ha quedado como una pequeña isla.
– Desde niño tenía esa inquietud de ver los árboles grandes.
– En mi tierra, provincia de Larecaja, en La Paz, hay un fruto similar al achachairú. Cuando tenía 12 años, con mis amigos vimos un árbol cargado de frutos y con hachas lo tumbamos para cosechar sin saber que era incorrecto hacerlo de esa forma. Eso fue lo primero que recordé cuando compré esta propiedad y lo primero que hice fue plantar un achachairú; hice almacigo y le metí.
– Después vi cómo poco a poco sacaban la madera mara y nunca vi que reforestaran. Entonces dije: esto va a desaparecer…
– En ese entonces habían unos arbolitos de más de 70 años pero hice almácigos para plantar aunque pensé que no iban a dar.
– “Usted no lo va a ver nunca”, me decía la gente pero eso no me interesaba. Primeramente, porque las plantas generan agua y ese es uno de los principales motivos por los que conservo este bosque y también para evitar la extinción de la mara que ya prácticamente la han aniquilado; en raros lugares se la encuentra.

Cada palabra sabia de don Gabriel es dicha con total convicción. Su compromiso con la naturaleza es tal que afirma que GAMA 8, nombre compuesto por las iniciales de su nombre y el de su esposa Martha Alfaro (+), es como su noveno hijo.
“Estamos en las faldas del Amboró, al frente está el barrio Santa Rita. He visto como los árboles van desapareciendo alrededor, por eso para mí esta propiedad es como un hijo más. Tengo 8 hijos y aunque hubo momentos de necesidad para mantener a mi familia, jamás se me ha cruzado por la mente vender este terreno”.
De las 20 hectáreas, en una jornada sólo recorrimos una mínima parte durante aproximadamente tres horas. Lo primero que nos mostró con orgullo fue la variedad de árboles que están creciendo: tipa, tajibo, cedro, un bosque de achachairú, vegetación abundante entre la que reina la mara, la preciosa mara.
Ese sitio también es el refugio de algunas especies de aves, monos y hasta felinos. “Hay gato de monte, monos y otros animales que, como ya alrededor está desmontado, se refugian aquí”.
Penetrando entre la maraña de hierbas, haciéndole lance a las tucanderas, unas temidas hormigas negras de gran tamaño, seguimos al sexagenario que con machete en mano, con la fortaleza de un veinteañero, abrió camino hasta llegar a un árbol de mara de más de 30 años, según sus cálculos. Minutos antes, abrazó otro ejemplar y afirmó que ese posiblemente tenía unas dos décadas.
Sin duda alguna, además de su bosque de achachairú, un dulce fruto pequeño, redondo con cáscara color naranja y de pulpa blanca, los árboles de mara son sus consentidos.
Entre los machetazos cuidadosos que daba para abrir senda, durante nuestro recorrido encontró dos árboles jóvenes de menos de un metro de altura, muy cercanos uno del otro.

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“Miré, miré estos tienen para sus dos años; allá hay otro; ese más grande debe estar por los cinco; el de allá tiene unos 25”, exclamó como si hubiese encontrado un gran tesoro mientras caminaba y apuntaba cada vez que identificaba un árbol de mara o caoba como también conoce a esta especie.
La madera mara es una especie preciosa, muy cotizada en el mundo para la fabricación de muebles pero el tráfico ilegal y la explotación irracional han provocado que vaya desapareciendo de los bosques.
“Ve, ya no lo limpio esto para que el bosque siga creciendo”, comenta mientras afana sacando unas pequeñas enredaderas que cubrían por completo a un árbol de madera preciosa de al menos un año.
Gabriel no sabe a ciencia cierta cuántos ejemplares tiene de cada una de las especies de árboles que nos mostró. “Deben haber más de 400 maras (árboles de mara), varios de más de 35 años. Los más grande ya se han reproducido, como ha visto hay bastantes pequeños”, comenta pensativo.

A este conservacionista el cuidado de este bosque le ha significado años de sacrificio e inversión. Incluso, tuvo que enfrentar la presión de su entorno cuando se realizó el censo agropecuario, hace un par de años, porque supuestamente su terreno no cumplía una función social y cuestionaban porqué no sembraba. Legalmente el defendió su propiedad y demostró una función social avalada por Ley: criar abejas.

* Según datos de la Fun dación Amigos de la Naturaleza, Bolivia perdió 1 millón 820.000 hectáreas de bosques por efectos de la deforestación, entre los años 2.000 y 2010.
* La ABT informó que el último año se registraron 220 mil hectáreas deforestadas: el 60 % de manera ilegal.

“Para la apicultura se necesita bosque, no se debe desmontar. Es así que gracias a esta actividad también se puede defender la conservación de los árboles y la vegetación”, menciona Gabriel que es autodidacta en apicultura.
Nuestro recorrido por ese hermoso bosque también incluyó la visita a la zona de cría de abejas. “Como están aquí en medio del monte son muy sensibles cuando entra la gente”, comentó luego de que sufriéramos varias picaduras lo que nos dejó en claro que nuestra presencia perturbó el hábitat de estos pequeños insectos.
Gabriel recibió dos picadas en el párpado izquierdo pero apenas se inmutó y como buen anfitrión continúo guiándonos por el bosque y mostrándonos algunos frutos y plantas silvestres.
Tras nuestro recorrido salimos nuevamente al sendero y caminamos hasta una pequeña construcción donde habita una familia que es la encargada de cuidar el lugar.
Allí tomamos agua de unos cocos extraídos ese momento, comimos bananas y disfrutamos de algunos cítricos frescos.
Tras varias horas de conversar hubo un silencio mientras disfrutábamos del paisaje, los olores y sonidos de la naturaleza.

-¿Qué cree que va a pasar con este su terreno después don Gabriel?

Fue la pregunta que inevitablemente formulé a ese hombre que entregó su juventud a cuidar ese tesoro natural en el que nos sumergimos.
Con el cansancio visible en su rostro pero con los ojos que reflejan esperanza respondió: “Cuando compré todo era monte, pero poco a poco todo empezó deforestarse. Es un desastre ver cómo se ha talado árboles de más de 40 años.
Quiero que me entierren aquí, porque si lo hacen en un mausoleo, probablemente, al día siguiente lo vendan. Lo que estoy pensando es dejar una nota de herencia para mis nietos pero con la misma alternativa: que ellos sigan conservando”.
Gabriel espera que Dios le regale más años de vida y pueda dejar su trabajo como técnico industrial en la ciudad, que es su principal fuente de ingresos, para dedicarse por completo a la apicultura. Por el momento, ha formalizado su compromiso para conservar GAMA 8 a través de la firma de los acuerdos ARA.

ARA es un mecanismo a través del cual, usuarios de agua cuenca abajo hacen pequeños aportes económicos que son colectados y administrados por instituciones locales para luego ser transferidos a comunidades o agricultores cuenca arriba, en insumos y materiales que impulsan iniciativas productivas a cambio de conservar o restaurar ecosistemas críticos para la provisión de agua, según nos informaron en la fundación Natura que lleva adelante esta iniciativa.
De acuerdo al convenio, Gabriel Alarcón protegerá y conservará ese terreno por los próximos 10 años. Un mero formalismo para quien sueña que su cuerpo sea enterrado junto a un árbol de mara para que cuando sus hijos o nietos visiten el lugar puedan sentir su presencia en el bosque y lo cuiden y protejan como él lo hizo.

Gama 8 podría convertirse en un banco de germoplasma

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El director de Manejo de Bosques y Tierras de la ABT (Autoridad de Bosquesy Tierra), Víctor Yucra, comentó que son muy poco conocidas iniciativas personales como las de Gabriel Alarcón que realiza un manejo de su tierra con una visión de conservación.  Destaca la importancia de Gama 8 porque sirve como amortiguamiento para mantener un ecosistema equilibrado para la tierra en esa zona y tiene un potencial para que a futuro pueda ser un banco de germoplasma de especies como la mara.

La autoridad explicó que si bien en Bolivia no tiene un sistema de incentivos como Chile, que devolvía a los propietarios de terrenos el 75% de lo invertido en la conservación, se cuenta con el Plan de Gestión Integral del Territorio que se aplica a superficies pequeñas , como las de Alarcón, para ordenar la tierra para cualquier sistema productivo.

“Al margen de eso, que es un tema muy poco conocido este tipo de desprendimientos, si se trata de especies preciosas como la mara, este sitio se podría convertir en el futuro en un banco de germoplasma para producir semillas. Es algo que va a ser muy apetecible en los próximos años. Ojalá podamos conocerlo para poder colaborarlo en lo que sea posible”.

Yucra recordó que la mara es una especie de alta protección y que en los 90 estuvo en alto riesgo de extensión. Sitios donde había grandes bosques de mara hoy en día son soyales y arrozales, comentó.  “En realidad esta especie está entre las de alta protección, su proceso de  recuperación va a ser lento. Las áreas donde habitaban ha sido afectadas”.

 

 


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POSTED BY LA REGIÓN PRENSA ON LUNES, 28 DE MARZO DE 2016

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